Las palabras nonatas




Las palabras nonatas

cazan instantes, destilan recuerdos, 

crean esencias, fotograma a fotograma,

son haces de luz en movimiento en la habitación cerrada de mi cerebro.

Pero una vez pronunciadas en letras de pantalla,

las palabras, huidizas, se escurren entre los dedos.

Y vuelan imágenes en un aleteo mudo,

un silencio más grande en el blanco cielo 

que cuando eran ideas, proyectos.

“Escribe, escribe”.

Pero escribir es matar la ilusión de atrapar el tiempo.

Las palabras negras no saben a nada,

no tienen aroma, no huelen a nuevo, ni a viejo.

No oigo el susurro del viento, ni percibo su calor, su aliento.

Mi corazón cantaba cuando notaba las patadas en mi vientre.

Eran las palabras que, como promesas,

me decían que ahí estaban, nutriéndose de la sangre de mi vida,

esperando el momento.

Pero una vez paridas en un sudario blanco, nacen muertas.

Y lloro por su falta de vida que es la mía, 

porque no dicen nada, no saben a nada, no huelen a nada.

Parirás con dolor, es la maldición del escritor que imagina palabras.

Porque pronunciarlas es matarlas, estrangular el eco de su voz.

Las palabras nonatas, 

como ángeles en un coro numinoso,

revelan intuiciones que son impronunciables.

Yo las oigo con los ojos y con el corazón,

las siento en mis tripas,

pero al tratar de parirlas, 

atraviesan el entelado cuello uterino, 

telarañas de lenguaje y gramática,

y nacen ahogadas, deformes.

“Escribe, escribe”.

Pero escribir es traicionar las palabras, doblegarlas a una sintaxis aprendida

de la que no pueden escapar.

El diccionario, como un taxidermista, las coloca, lustrosas, 

en vitrinas con orden alfabético.

Un cementerio de lápidas de papel, y en ellas, inscritas definiciones huecas.

Paseo por sus tumbas consciente de que no hay vida.

Y me detengo a ponerles flores mientras pienso en mis palabras

que vuelan libres en un cielo de palabras nonatas.

“Escribe, escribe”.

Pero no quiero estrangularlas al nacer, doblegarlas a mi sintaxis aprehendida. 

Prefiero dejarlas cazar instantes, destilar recuerdos,

fotograma a fotograma, en la habitación cerrada de mi cerebro.


Anma Troncoso




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