El alquimista de las palabras



El nombre exacto de las cosas y de los seres fue pronunciado por el dios y en el momento de invocarlas éstos existieron.

Pero el ayudante del creador se percató del poder de las palabras y, si bien no conocía la lengua original, sí que alcanzó a distinguir aquellos sonidos que generaban sentimientos. De este modo adquirió la destreza de manipular los corazones de los seres creados.

Su discurso era elocuente, plagado de tópicos que en su boca sonaban nuevos. Haciendo un uso selectivo del vocabulario, estableciendo un orden deliberado de los constituyentes y utilizando un tono seductor, era capaz de alterar los estados de ánimos. Conforme más discursos generaba, más se embriagaba de poder. Los pobres seres no podían percatarse del veneno que destilaban sus argumentos, porque su sabor se diluía entre palabras y afirmaciones veraces y bellas. Así es como mejor penetran las mentiras, sutilmente edulcoradas con dosis de verdad.

Las palabras entraban como golosinas, agradables al paladar, pero su efecto una vez digeridas era amargo como la hiel. Transformaban la confianza en duda, la convicción en recelo, el entusiasmo en resignación, la ingenuidad en ambigüedad, la esperanza en confusión, la fe en cinismo y finalmente abocaban a los seres creados hacia una culpabilidad autoinfligida. Así, creyendo haber encontrado la libertad, eran apresados en sus propios miedos. Encontraban alivio –inmediato y perecedero– únicamente engullendo las palabras del seductor, con lo cual se hacían más y más dependientes de él. Y en su debilidad, el engañador se iba haciendo cada vez más fuerte.

Entradas populares