El compañero de sueños



Había un sitio libre al lado de aquel chico que dormía. Se quitó el abrigo y el bolso, se sentó y los colocó sobre su regazo. El chico mantuvo los ojos cerrados, ajeno a sus movimientos. El traqueteo del tren y el descanso que transmitía el chico de su lado la hicieron entrar en un sopor que la indujo a cerrar los ojos. Así pasaron varias estaciones los dos dormitando con la cabeza ergida. La llegada de otro viajante que ocupaba al asiento de enfrente, les obligó a abrir los ojos molestos por la interrupción de su sueño. Una mirada de complicidad se cruzó por fin entre ambos, una pregunta muda y compartida: “¿Seguimos durmiendo?”. Y volvieron a cerrar los ojos sintiéndose cómplices y protagonistas de la invitación de Morfeo.

El sueño compartido duraba lo que duraba el trayecto hasta el destino particular de cada uno. Ella era siempre la primera en levantar el vuelo y antes de salir del vagón se aseguraba de que su compañero de sueños mantenía el tácito pacto de mantener los ojos cerrados.

No conocían sus nombres, ni el timbre su voz, pero cada madrugada esperaban recostarse sobre el mismo asiento y compartir unos minutos de descanso con la distancia prudente de sus cabezas y el hilo invisible de sus sueños.


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