El libro deshojado
El libro deshojado yacía en el suelo. Sus
hojas desperdigadas y roídas contenían dibujos maltrechos, garabatos,
anotaciones, poemas torpes y alguna narración.
Miguel miró el libro y sus ojos se inundaron
de lágrimas. Con cada sollozo un recuerdo furtivo, un halo de nostalgia
exhalaba de su aliento. La memoria es selectiva y prodigiosa, capaz de contener
la esencia de las emociones que provocó un acontecimiento: aquella excursión a
la nieve que había esbozado en carboncillo, la tarde en la piscina jugando a
cartas con Luís y Alejandro, el poema
que compuso para el cumpleaños de mamá, el cómic sin acabar del superhéroe M y
su fiel ayudante Dog.
Durante meses no se había acordado de su
libro, ni se había asomado a la guardilla, su lugar preferido donde recogerse
en sus fantasías. Pero hoy se había levantado con aquella sensación de
cosquillas en la punta de los dedos y en la boca del estómago, que no es por el
hambre, sino la necesidad de recurrir a su libro y dar vida a sus personajes
imaginados.
Pero el libro yacía en el suelo, vacío, mutilado...
“Ha sido cosa de las ratas. ¡Malditas ratas!”. Y vuelta a llorar, ahora con más
rabia que con pena, o ambas cosas mezcladas en un desorden exasperante.
Entonces lo oyó; al principio era un sonido
apenas imperceptible, pero conforme su corazón fue desistiendo en bombear con
rabia y sus pensamientos dejaron de martillear su cerebro, se hizo más
clarividente: era el piolar de un pajarillo. Se acercó al dintel de la ventana
entreabierta, rebuscó entre las cajas enganchosas de polvo y de telaraña de la
izquierda, apartó los archivos amarillentos de la carrera de papá, los álbumes
de fotos descoloridas, con cuidado, pero con la velocidad apremiante de la
curiosidad. ¡Allí estaba! Una pequeña cría de gorrión, temblorosa, desplumada,
una cosita desvalida que vibraba con cada latido y parecía que iba a romperse
como el cristal. La cogió con sumo cuidado y la depositó en la palma de su
mano. Sus minúsculos ojos negros, como dos botoncitos, lo miraban con temor. Y Miguel sintió una emoción más fuerte y más
potente que la de la lástima y la rabia.
“Veamos. Hay que darte un buen trago de agua,
amiguito; y migas de pan reblandecido con leche. O mejor gusanos; sí, buscaré
gusanos debajo de las raíces. Llamaré a Luís, que el sabe una pasada de aves,
para que venga a ayudarme. Pero no se lo diremos a Alejandro, que tiene un gato
un poco traidor, y no me fío. Y cuando estés mejor y te hayan crecido las
fuerzas, te enseñaré a volar”.
El pajarillo lo miraba atentamente, como si
entendiera cada una de las palabras de Miguel.
“¡Ah! Y debo pensar en un nombre para ti.
Veamos… ¿Qué tal “pelusa”? No te enfades, pero es que apenas pareces una pelusilla,
ja, ja ,ja.”.
Y Miguel fue descendiendo las escaleras con
Pelusa en su mano izquierda, mientras pensaba en las nuevas aventuras que
viviría y que dibujaría, escribiría y relataría en su nuevo libro de
anotaciones que esa misma tarde compraría en la papelería con el dinero que le
había regalado su abuela por Navidad.