El viaje de Moc
La estación vibraba con los primeros rayos de
sol de la mañana; el aliento de los trenes que se desperezaban en los andenes
anunciaba un nuevo despertar. Moc observaba las largas vías de hierro y se
preguntaba dónde morían. Alguna vez se le antojaba la idea de seguirlas. Tal
vez, si caminaba al lado de ellas, llegaría a todas esas ciudades de nombres
elegantes que había visto en los titulares de los periódicos que los señores de
bombín leían por las mañanas mientras sorbían el café caliente de pie en la barra
de la cafetería. Pero Moc sabía que el recorrido de esas vías sería demasiado
largo, que sus pies no podrían aguantar el largo viaje, porque sus pies no eran
de acero. Envidiaba los trenes, aventureros infatigables que parecían burlarse
de él con sus silbidos anunciando su partida. “Adiós Moc, te traeremos
recuerdos de París, Bruselas, Budapest, Moscú…”. Él los miraba y suspiraba.
La vida de Moc transcurría en esa estación
gris, de olor a humo y a vida. Conocía todos sus recovecos, las caras de los maquinistas,
revisores, guardias de seguridad, comerciantes, tenderos y viajeros habituales
que la frecuentaban. La gente solía tratarlo con amabilidad. Le daban algún que
otro tentempié, y el plato de la Señora Vázquez le esperaba cada día en el bar
de la esquina. Tenía un cuartucho donde pasar las noches dentro del pequeño almacén
de limpieza. El Señor Rubio siempre hacía la vista gorda y le dejaba dormir;
incluso le reservaba una manta para las noches frías de invierno. Moc había
crecido en esa estación, aquella era su casa,
su hogar. Sus otros compañeros de la calle acudían poco a la estación,
preferían los rincones de la gran ciudad, y vivían en pandillas, hurgando en
cubos de basura y planeando algún que otro robo que, cuando tenía éxito, servía
para alimentarlos unos días. Pero Moc no podía despegarse de la estación, se
sentía atraído por sus sonidos, sus cambios de luz, sus ecos, la corriente de
aire de otros mundos que como vendaval entraba por la boca gigante que escupía
vías de hierro.
No podía evitar sacudirse por dentro cada vez
que algún tren partía rebosante de gente. Así era su vida, rutinaria, pero
llena de sueños de otros lugares. Y en esas se hallaba, como tantas otras
mañanas, cuando una voz desconocida interrumpió su sueño: “Ei, tú, ¿te gustaría
subir en uno de esos, verdad?”. El desconocido que le hablaba tenía una sonrisa
franca e hizo ademán de tocarle la cabeza y arremolinarle el pelo. Moc dio un
paso atrás, receloso. Pero sus ojos se hicieron grandes y no pudieron disimular
una afirmación. “Pues si quieres, te pago yo el billete. Espérame aquí un
momento”. El hombre se marchó hacia la taquilla, habló con el vendedor, señaló
con el dedo índice en la dirección donde Moc estaba y sacó un billete de su
billetera. En seguida volvió hacia él. “¡Ya está hecho! Te vienes conmigo a
París. ¿Qué te parece?”. Moc no sabía qué decir, el tren hacia París era el de
la vía ocho. Rápido como un rayo saltó la vaya y corrió hacia el andén número
ocho. “¡Ei, espérame!”. El desconocido corrió tras él, pero sin poder
alcanzarlo.
Por fin llegó al andén. Ahí estaba la
imponente máquina de acero, con las ventanas que le miraban de reojo. Moc no
podía creérselo, ahora que tenía el tren tan cerca, que podía rozarlo, le
parecía mucho más altivo de lo que imaginaba. Entonces vio las escaleras. ¿Se
atrevería a poner un pie en sus peldaños? ¿Sería esto cierto? “Oh, oh, no
puedes subir al tren, este no es lugar para ti, ya lo sabes”, le dijo un
bigotudo revisor al que conocía de vista. Cuando iba a protestar, recordó que
no tenía el billete. Reculó sobre sí mismo cabizbajo, cuando de pronto topó con
el cuerpo y la voz de aquel desconocido. “¡Por fin, te atrapé! Mira que eres
rápido. Te habías olvidado tu billete”. Y como se percatara de la situación, el
hombre de la sonrisa franca miró al revisor y le dijo: “Este es su billete, este
pasajero viene conmigo hacia París”. El revisor lo miró extrañado, cogió el
billete, lo examinó, y tras girar la cabeza varias veces exclamó: “¡Este mundo
es de locos!”. Saludó luego tocándose el sombrero y, sin
más mediar, siguió su recorrido por el pasillo.
Subir las escaleras, caminar por el pasillo
alfombrado, entrar en el vagón de primera, acomodarse en el tullido asiento carmesí
al lado de la ventanilla, escuchar el silbido del tren, ver los rostros de las
personas en los andenes que saludaban con la mano y lanzaban besos de despedida,
la luz que cada vez ganaba más protagonismo conforme iba saliendo de la bóveda
férrea de la estación, todo eso para Moc era un festín de emociones
inexplicables. Una pequeña sacudida le indicó que empezaba el movimiento, acompasado
y firme, que iba transformando las imágenes del otro lado del cristal en
sombras y aire. Los ojos de Moc se humedecieron de felicidad, su corazón
palpitaba y se sentía más vivo que nunca. “Que disfrutes del viaje, mi joven
amigo”, le deseó el señor del billete sentado enfrente de su asiento, “aunque
veo que ya lo estás haciendo”. Y por fin, después de un largo período de
silencio, mientras el paisaje de naves industriales y chimeneas lejanas se
convertía en una campiña con vacas, charcas y desperdigadas casas, abrió su
boca, y salió un “gracias” con sonido de maullido. Pues, qué puede salir del
interior de un gato, más que un leve pero cálido: ”Miau”.
