Reflexiones mientras viajo en tren (inspirado en el poema "Pensamientos que me asaltan en las calles transitadas" de Wislawa Szymborska
Creo que me hago mayor, últimamente cuando me miro en el espejo, sobretodo por las mañanas, me parece que estoy viendo a mi madre. Me preguntó en qué momento ha ocurrido esto. Es como si la genética se riera en mi cara: “¿No querías ser diferente a ella? Pues toma parecido”.
Hoy en el tren, al pasar por el túnel, he visto mi reflejo en la ventana y de nuevo me ha parecido ver el rostro de mi madre. Sobresaltada, he debido hacer un gesto brusco porque el hombre que tenía delante se ha fijado en mí. Así que he bajado la mirada recurriendo a la pantalla de mi móvil. Pero luego, he sido yo la que le he mirado de reojo. Tenía, ahora, los ojos cerrados y la cabeza recostada hacia atrás, en posición de dormir. He podido fijarme con más detalle en sus facciones y, mientras lo hacía, he reparado en un marcado parecido con Napoleón: frente ancha con un mechón tapando su incipiente calva, mientras unas espesas cejas negras enmarcan sus ojos, ligeramente juntos, que insinúan una mirada de felino, separados por una nariz de corte griego que se acerca, recta, a unos labios finos, demasiado finos, “labios de traidor”, me dice el instinto.
¿Se puede saber cómo es una persona por sus facciones? Empiezo a tener los años suficientes como para establecer ciertos patrones y considerar que “sí”. El rostro que tengo en frente no es solo el de Napoleón, es el rostro de una persona taimada y calculadora. ¿Cuántos rostros no habré conocido de esta calaña?
Esta idea me ha devuelto al parecido con mi madre y me ha asustado seguir una línea lógica de pensamiento que me llevaría a aceptar que poseo los mismos rasgos que ella; no solo los físicos, sino su personalidad perturbada. “No”, me he dicho a mí misma, “yo no soy como ella”. Tengo mil razones para afirmar que no soy como ella. Podría escribir un diario enumerando todas nuestras diferencias. De hecho, es lo que estoy haciendo ahora mismo, que inauguro este diario. Si la naturaleza quiere reírse en mi cara, seré yo la que le demuestre que no somos copias de nuestros antecesores, réplicas condenadas a repetir los mismos errores.
Debo estar dispuesta a considerar, entonces, que no existe determinismo genético, y que las facciones del hombre que he visto esta mañana (el que se parecía a Napoleón) son algo circunstancial. Un antojo de la naturaleza que, perezosa de crear, recicla rostros olvidados. Probablemente sea un buen hombre, padre de familia, que hace cabezadas en el tren. Pero esos labios tan finos me siguen repeliendo. Ya me lo decía mi madre: “Labios finos son labios de traidor”.