Los dos libros
Aquella anciana la miraba con unos ojos escrutadores
que parecían llamas de fuego al reflejarse en ellos la hoguera alrededor de la
cual se hallaban las dos sentadas.
Laura había hecho aquel viaje sola, con la
mochila a la espalda, dispuesta a dormir a ras de las estrellas. Había anochecido
y empezaba a hacer frío. De forma precavida había pasado parte de la tarde
apilando ramas para hacer una hoguera. Fue en esas que aquella anciana se le
apareció, con sus largos cabellos blancos recogidos en una trenza, enjuta en su
ropa de montaña y su bastón de trekking; parecía una mujer enérgica a pesar de
su edad y muy avezada al montañismo. Llegó al atardecer y con una sonrisa
franca se ofreció a ayudar a Laura a recoger leña y a pasar la noche juntas
contando historias a la luz del fuego.
Y así se hallaban ahora, las dos sentadas,
escuchando el crepitar de las ramas que se consumían, con la barriga llena de
sopa de sobre, nueces, y la cabeza de historias y leyendas. Habían hablado de
nimiedades, y había llegado el momento de hablar en profundidad. Pero Laura no
estaba para abrirse a una desconocida, por mucho que le había caído bien desde
el principio. Aquella anciana era amable incluso con sus silencios, acogedoras
pausas que empatizaban con el estado de ánimo de su interlocutora. “Es una mujer
agradable”, pensaba Laura, “cuando sea mayor me gustaría ser como ella”.
Hasta que la anciana sacó de su mochila
aquellos extraños libros, de cubierta negra, sin títulos, y se quedó mirando
fijamente a Laura, con aquellos ojos que parecían llamas.
–Este no es un viaje cualquiera, Laura. Lo
sabes mejor que yo. La mochila que llevas a cuestas te pesa por cosas que no
tienen que ver con objetos. Y por eso he venido aquí. Para ayudarte a escoger.
–Una breve pausa, y continuó– Aquí tienes dos libros, aparentemente iguales.
Pero no lo son: uno de ellos contiene todo aquello que has sido, y parte de lo que
estás huyendo. El otro te ofrece la posibilidad de reescribir desde donde lo
has dejado, de empezar de nuevo, más sabia, más fuerte, sin culpa, pero con
responsabilidad.
–¿Cómo puedo distinguirlos, si son iguales?
–Aparentemente sí, como tú. Yo no te lo diré,
tendrás que elegir desde el corazón.
La anciana le alargó los dos libros, con el
requisito de que no los abriera. Laura trató de adivinar en la mirada de la
anciana cuál era la elección correcta, pero su rostro era imperturbable.
Rendida por la ausencia de pistas, invadida por un silencio que esta vez sí le
pareció violento, se decidió por fin a escuchar. Puso la mano en el libro de la
derecha, ecos del pasado, preguntas sin respuesta, risas, llantos resonaron
desde su interior; sueños truncados y cumplidos, sorpresas, desengaños, arremetieron
a tropel. Las lágrimas salieron sin que Laura pudiera reprimirlas.
Entonces, acercó la mano hacia el otro libro.
Era silencioso, discreto, pero sin saber por qué, aún sin darle respuestas, le
ofrecía una paz que acariciaba su alma.
-Me quedo con este –dijo al fin.
Una sonrisa apareció en el rostro de la
anciana.
–Has elegido bien. Ya puedes abrir el libro.
Al abrirlo y recorrer sus páginas, Laura vio
que todas estaban en blanco; excepto la última, que decía:
“Recuérdame de aquí a treinta años. Tú”.
–Pero… ¿Qué quiere decir…? –al levantar la
cabeza, Laura vio que la anciana había desaparecido, y con ella el otro libro
de cubierta negra.
Miró entonces hacia el cielo de la noche, y
una estrella fugaz lo atravesó. Y Laura entendió por fin. Cerró el libro que
tenía entre las manos, dio las gracias, y enfundándose en su saco de montaña,
acompañada de aquel libro sin palabras, se dispuso a dormir, con la alegría de
un cercano amanecer lleno de esperanza.
