En la estación
Salí de la boca del tren escopeteada, como todas las almas somnolientas que a esas primeras horas de la mañana atravesamos las barreras de vidrio con nuestros billetes que las máquinas de paso devoran y nos devuelven vomitando. Los primeros segundos al otro lado de la barrera son siempre de desorientación, a causa de la luz mortecina de la estación y del paso incesante y acelerado de tantas piernas y cuerpos sin cara. La estación tiene forma de circunferencia y la envuelven diferentes posibilidades de salida; a veces me equivoco y salgo donde no toca. Aquel día me entretuve leyendo los rótulos de las salidas; giré hacia la derecha, más de lo que hubiera deseado, porque el giro en curva aún me desorientó más. Pero entonces la vi: una señora mayor, de unos sesenta años recostada en los cristales de la cafetería central de la estación. La posición en la que se hallaba, abandonada en el suelo con la espalda recostada en los cristales dejaba entrever sus pantorrillas. La mujer se percató de que la estaba mirando e instintivamente se agarró la falda y la bajó hasta las rodillas. Me quedé paralizada, el corazón atravesado y el cerebro en blanco. Cuando pude recuperarme un poco, me di cuenta de que aún la estaba mirando y de que no había dado ni un paso. Pensé: “¿le doy mi bocadillo?”. Pero entonces, al girar un poco, vi a otro señor, también mayor, que yacía en el suelo dormido. Y a continuación de éste, orbitando como los otros alrededor de los cristales de la cafetería, otro más. Ya no quise girar más. “Un bocadillo, un yogur, pero ya no tengo nada más, y elegir quién se queda sin comida es cruel”. Y no hice nada, salvo salir de la estación desconcertada de mí misma.
Hoy, después de muchos días he vuelto a ver a esa mujer; estaba en el
mismo sitio, me he acercado a ella y le he dado unas monedas. Ella me ha cogido
las monedas pero no me ha mirado. Estaba escribiendo en un papel muy
concentrada, como si le fuera la vida en ello. El papel estaba lleno de frases
por ambos lados de la cara. He sentido como si la estuviera importunando,
porque ella no estaba pidiendo limosna, estaba haciendo algo tan hermoso como
escribir en el suelo. Ya son dos veces que esta mujer me ha demostrado que le
importa y defiende su dignidad con uñas y dientes; ya son dos veces que yo me
he sentido impotente.