El libro
Se preguntaba cómo podría vencer al monstruo del bosque. El mago le había dicho que debía leer el cuento en voz alta, mientras caminaba por el bosque oscuro y escuchaba el eco de sus pasos. Le dijo que leyera con voz firme, a pesar del miedo y del frío. Pero sobretodo que no dejara de leer cuando sintiera la presencia del monstruo cerca.
Ahí estaba Pol ahora, en la noche oscura, con
su cuento entre las manos como única arma para vencer al mayor de sus miedos.
La luz de la luna difuminaba el contorno de las copas de los árboles y una
tenue brisa hacía mover las hojas.
Pol empezó a leer en voz alta, al principio
su voz se le antojó extraña, como si no le perteneciera, pero a medida que fue
pronunciando las palabras, fue ganando en seguridad y familiaridad. Y las
palabras empezaron a discurrir sin reparos, como una melodía acompasada y
suave. En su mente ya no estaba el bosque oscuro, ni el frío, ni las sombras,
sino las imágenes de una historia antigua que parecía contener la esencia de
los sueños. Paisajes inimaginables, seres maravillosos, sabores y olores
dulces, sonidos de paz.
Hasta que se hizo el silencio. Había llegado
el monstruo; tal y como le dijo el mago: el silencio absoluto delataría su
presencia. Un frío le recorrió toda la espinada, pero ahora más que nunca Pol
sabía que no debía dejar de leer su cuento. El miedo le oprimía la garganta,
carraspeó unas cuantas veces y mientras lo hacía su corazón parecía encogérsele
por una fuerza opresora. Pero luchó contra esa sensación que casi lo tentaba al
abandono. Debía leer en alto, con más fuerza que nunca. Pol leyó las frases con
la osadía de un valiente, a pesar de las lágrimas que se le escapaban sin
control; leyó y leyó, concentrándose en las palabras. Podía escuchar la respiración
del monstruo, lo tenía solo a un palmo de su cara. Pero siguió leyendo,
suplicando a las palabras que le dieran la fuerza de seguir leyendo.
Y las
palabras acudieron en su auxilio, aquellas imágenes inimaginables volvieron a
asomarse de entre las páginas del libro, al principio como tímidas pompas de
jabón, volatizándose en cada halo del niño. Hasta que pronto adquirieron una
forma más grande. Las imágenes invadieron el aire, interponiéndose entre el
monstruo y Pol, fueron creciendo y subiendo, acariciaron las ramas más altas de
los árboles y las raíces del suelo, iluminando el bosque con destellos
multicolores. La luz se hizo casi cegadora, pero Pol no debía despegar los ojos
de la lectura, el mago le había recomendado encarecidamente que no se diera por
vencido hasta que hubiera leído hasta la última palabra del cuento. Así que el
niño se agazapó para esquivar los destellos de luz y poder acabar la lectura.
Ya no pensaba en el monstruo, estaba absorto en acabar su cometido.
Pol leía y las palabras ya no eran de un libro,
eran sus propias palabras, su propio cuento, palabras que le brotaban desde
dentro con la fuerza del que no tiene miedo porque le domina una fuerza mayor.
La última palabra de todas expiró en un
“fin”. Se hizo el silencio y la oscuridad. Pol levantó la cabeza del libro y lo
que vio lo dejó perplejo. Delante suyo había un niño de su misma estatura que
lo miraba con la misma curiosidad con que él lo miraba. Aquel niño dio un paso
hacia él y al acercársele un rayo de luna le iluminó la cara. Aquellos ojos
azules, aquella nariz, la boca, le eran tan familiares… El otro niño extendió
la mano y ambas manos se tocaron al unísono. Pol advirtió una superficie fría y
resbaladiza.
Entonces lo entendió todo, aquello no era un
niño, sino un espejo. El monstruo ya no estaba…. Pol hizo las paces con aquel reflejo,
cogió su libro de su regazo y se encaminó de nuevo a casa, acompañado del
destello de la luna y de una paz que ya nunca lo abandonaría, porque se había
enfrentado al mayor de sus miedos.
