La mesa de debajo de la escalera
Amanecer gris en la ciudad. El bar de la
esquina dando los “Buenos días” con olor a café y a tostadas. Lo más parecido a
una casa. Reflejado en los cristales, el ruido de coches y de pasos furtivos
hacia un lugar. Y ella en el fondo de aquel bar, escondida en
la mesa de debajo de la escalera, con su cuaderno y su bolígrafo, concentrada
en sus palabras. Hace un mes que la observa, pero aún no se ha atrevido a
preguntarle quién es, qué escribe. Cinco minutos diarios en los que tiempo y
espacio los hacen coincidir. Y él que se pregunta quién es ella, y ella que
escribe ajena a su mirada. Pero hoy algo ha sucedido. Cuando abría la puerta
para marcharse después de unos tragos calientes y apresurados de cortado,
alguien ha topado con su espalda, y al girarse malhumorado, se ha encontrado
con ella.
–Lo siento, no te he visto –así suena su voz,
piensa él. El cuaderno ha caído al suelo.
–No importa –responde él, y ambos hacen el
ademán al unísono de recoger el cuaderno.
Nuevo choque de cabezas, y unas risas. Por
fin consigue hacerse él primero con el cuaderno (la curiosidad ha
agudizado sus dedos y sus ojos, que se afanan por descubrir lo que hay entre
las páginas). Palabras, solo palabras, “ser”, “había”, “hocico”, “ tendrá”,
inconexas, ¡malditas palabras!
–Gracias –musita ella, implorando con la
mirada que le devuelva lo que es suyo.
–Ah, sí, perdona… –seré idiota– es tuyo, ¿no?
–aún más idiota. Se lo devuelve, ella se adelanta para marchar. ¡Pero dile
algo! –¿Escribes? –mierda, por qué lo he preguntado... Demasiado tarde.
–Estudio español – tajante, un tanto
susceptible. Y ahora que lo dice, reconoce en ella un acento distinto.
–Ah… Pensaba que escribías… –si la sinceridad
fuera un delito, hoy me tendrían que esposar y poner un bozal – ¿De dónde
vienes?
–Soy alemana –Alemania, Angela Merkel,
salchichas, Berlín, Ibiza… poco más… ¡Piensa, piensa!
–Ui, allí tiene que hacer mucho frío ahora
–sonrisa forzada, la de ella, y la de él, de idiota, ¿cuántas veces se ha
llamado ya idiota?
–Bastante, sí… Disculpa, tengo prisa.
–Sí, claro –y antes de que ella se marche
–Que vaya bien, los estudios. Adiós...
Él como un pasmarote se ha quedado dentro
del bar. No es escritora, no escribe sus pensamientos, no describe con las
palabras. Su imagen mental se ha hecho añicos. Treinta días de ilusión, de mero
platonismo, hechos trizas ante la realidad.
Tras los cristales el ruido de los coches y
de los pasos furtivos hacia un lugar. La pesadumbre, que no logra entender,
pues no se entiende a sí mismo, le obliga a mirar al suelo. Y en el suelo un
bolígrafo. El bolígrafo de ella, que recoge para devolvérselo mañana, a la no
escritora. Se lo queda mirando. Y mientras lo sujeta, un intenso deseo de hacer
brotar de él palabras lo invade. Necesita servilletas, pide otro cortado, se
sienta en la mesa que ha quedado libre debajo de la escalera. Y escribe, al
principio palabras tímidas, despistadas, que van encontrando sentido mientras
renacen. Ya no piensa en la no escritora, ya no siente decepción, la curiosidad
por saber el secreto de la historia que está surgiendo de sí mismo lo
reconforta, el eco de voces de personas que entran y salen se le antoja una
melodía de la vida. Pasan los minutos, las horas. Ha tenido que coger más
servilletas. Mañana traerá un cuaderno. Y mientras se hace esta promesa, una
voz conocida lo interrumpe:
–No sabía que escribías –es la señora del
bar, que con una sonrisa franca se le ha acercado.
–Ni yo tampoco –confiesa él, liberado.
–Pero no me extraña, tienes mirada de
escritor –“mirada de escritor”, jamás había oído algo igual, pero en esa frase
ha reconocido su propio nombre.
–Escribe siempre que quieras. Eres bienvenido.
Bienvenido, bienvenido, Marc... Mañana le
compraré otro bolígrafo a la alemana. Y sigue escribiendo, describiendo con las
palabras, en la mesa del fondo, debajo de la escalera. Porque era ese espacio
lo que él anhelaba.