La puerta B de la sexta planta
En mis sueños la
puerta B de la sexta planta sigue perteneciendo a la señora Francis. En la
actualidad, no sé a quién pertenece.
Tenía 9 años cuando
entré allí por primera vez. La señora Francis, como así la llamábamos en casa,
era una mujer alta, corpulenta, con unos intensos ojos azules. Su gran peculiaridad
era que hablaba en catalán en una escalera de vecinos venidos de distintas
partes de España, la mayoría desde Andalucía, a quienes se les había diseñado
una ciudad dormitorio semejante a un gueto. El catalán de los años ochenta que
se impartía en las escuelas públicas de aquella ciudad, y de otras, se remitía
a una asignatura, no había conciencia aún de inmersión lingüística. Pero la
señora Francis hablaba en catalán porque era catalana, y quizás por eso, o por
su porte, o porque en ella se adivinaba algo que injustamente nos parecía
exótico, la llamábamos “señora”.
Ella me encontró con
mis nueve años en el ascensor y me invitó a su casa. Fueron muchas las visitas
que hice a su salón, muchas tardes lluviosas en las que me quedaba embelesada
escuchándola hablar palabras nuevas para mí, que llamaban poderosamente mi
atención. La señora Francis se propuso enseñarme a leer y escribir en catalán y
a mí, que detestaba esa asignatura en el colegio, en su casa me parecía un
idioma con olor a coca (bizcocho) y a panellets recién salidos del horno.
Su salón era un
museo de curiosidades, además de libros, coleccionaba fósiles. Me regaló un par
de fósiles de su vitrina, y algunos libros de leyendas. Pero lo más atrayente
eran sus propias historias. La señora Francis era una gran narradora, hablaba
de cosas aparentemente banales, de su propia infancia, de la de sus hijos, ya
mayores y que poco la visitaban; también me hablaba de la guerra y la
posguerra, de cosas que no alcanzaba a comprender y que parecían ajenas a la
realidad que me rodeaba (con el tiempo entendí que no eran tan ajenas y que
explicaban muchas cosas que me rodeaban). Y aunque a veces en su tono se percibía
cierta melancolía, ella era una persona vital.
Su amistad fue un
refugio para mí. En un bloque de once pisos, de una ciudad dormitorio con
bloques gemelos e impersonales, la planta seis era mi portal mágico.
Hasta que llegó la
adolescencia, y con ella las hormonas, el aparente abismo entre generaciones,
los chicos y el olvido. No fue hasta que supe de ella por mi madre que me
percaté del paso de los años y de que hacía mucho que no había llamado al 6ºB.
–La señora Francis
ha muerto. Tenía cáncer, y no quiso que lo supieras para que no la recordaras
enferma.
Aquellas fueron las
palabras de mi madre cuando vino a recogerme de casa de unos amigos. Yo tenía
15 años, por aquel entonces creía estar enamorada del hermano mayor de mi
amiga, en cuya casa estaba. Aquella noticia rompió todas mis
fantasías mentales, que fueron sustituidas por los instantes y los olores en el salón de la señora Francis. No podía hablar, solo llorar con el corazón roto,
sintiéndome culpable por mi ingratitud. Ahora sé que ella no hubiera querido
que me sintiera culpable y que quiso evitarme la tristeza de su partida.
Hay personas que
aparecen en tu vida y permanecen en tus sueños, porque te ofrecieron algo que
no es material: fueron parte de la construcción de tu identidad.
