Soñar en blanco y negro



–Descríbame otra vez su sueño.
–¿Otra vez, doctor?
–Es necesario…
–Está bien –suspira, hace una pausa– Me levanté, me puse las zapatillas, el abrigo. Bajé en ascensor. Salí a la calle, el cielo era gris...
–Dice que el cielo era gris –anota en la libreta “gris”.
–Sí, ya le dije, el cielo era gris.
–Continúe.
–Caminé hacia la parada del autobús y me senté en el banco. Entonces una señora…
–Un momento, ¿de qué color era el indicador de la parada del autobús?
–No me acuerdo.
–Inténtelo.
–Imagino que rojo.
–¿Imagina?
-Creo que rojo.
–¿Solo lo cree?
–¿Qué importa eso? –exasperado.
–De acuerdo –anota en la libreta “sin definir” –Continúe.
–Se me acerca una señora con un perro y me pregunta la hora. Le digo que no llevo reloj. El perro levanta la pata y se mea en mis zapatillas…
-¿De qué color era el perro?
–¿Cómo dice?
–Que de qué color era el perro.
–No sé, un color corriente, gris.
–¿Cree que el gris es un color corriente para un perro?
–¿Y yo que sé? –irritado.
–¿Y la señora?
–¡Cómo va a ser la señora, blanca!
–Me refiero a cómo iba vestida.
–Pues no me fijé, la verdad.
–Es su sueño, ¿y dice no haberse fijado?
–Mire, doctor, el perro acababa de mearse en mis zapatillas, no estaba para fijarme en los estampados de esa señora.
–¿Llevaba estampados?
–Es una forma de hablar…
–Muy bien, continúe –anota algo en la libreta.
–Le doy patadas al perro, y la señora me agrede con el bolso, mientras el perro me muerde el borde de los pantalones. Llega el autobús y me subo a todo correr, mientras la señora y el perro me ladran.
–¿La señora ladra?
–Bueno, el perro ladra; la señora me grita.
–Ahá...
–Me siento en el fondo del autobús, el autobús esta vacío. Excepto el conductor.
–¿Cómo era el conductor?
–No lo sé, estaba de espaldas a mí.
–Pero pasó por su lado para subir al autobús.
–¿Y cómo quiere que me fije si aquella señora y su maldito perro me insultaban?
–¿El perro le insultaba?
–El perro, no, la señora.
-¿Y no pagó billete?
–Ya le he dicho otras veces que no. ¿Qué importa eso? Es solo un sueño.
–Sí, pero usted se enfada cuando el perro se mea en sus zapatillas.
–¡Claro que me enfado! A nadie le gusta que se le meen en las zapatillas.
–Muy bien. Continúe.
–Mire, doctor, no acabo de ver el sentido de repetirle mi sueño tantas veces, si ya se lo sabe.
–Descríbame lo que ve en el autobús.
–Asientos vacíos, ya se lo he dicho.
–¿De qué color?
–¿De qué color van a ser? Grises, asientos grises.
–¿Qué le dice a usted el color gris?
–¿Qué va a decir un color? Nada, absolutamente nada.
–Ahá… Continúe.
–¿Que continúe?
–Descríbame lo que ve usted por la ventanilla.
–No recuerdo.
–Haga el esfuerzo, es importante.
–Pues… edificios, la calle, coches, ya sabe.
_¿Hábleme de los colores?
–¿Qué colores?
–Los de la calle.
–No sé, gris, negro, blanco. Eran imágenes que pasaban de prisa. Ya sabe, lo que se puede ver desde un autobús en marcha.
–Ha añadido usted el color negro. ¿Qué le dice el color negro?
–Nada, no me dice nada. Es un color y punto.
–Sueña usted en blanco y negro, ¿no se ha dado cuenta?
–¿Cómo?
–Sí, como en las películas antiguas, en blanco y negro. Con una gradación de ambos colores que le lleva al gris.
–¿Y qué significa eso?
–No lo sé, usted es el que dice que no significa nada.
–Mire, doctor, ya estoy harto de estas sesiones, nunca avanzamos nada.
–¿Eso cree usted?
–¿Ve? ¿A eso me refiero? No hace más que pasarme las preguntas. Cuando es usted el que debería darme las respuestas, que para eso le pago.
–Noto que está usted algo alterado.
–Alterado, no, cabreado.
–Interesante… ¿Podría describirme en colores su estado de ánimo?
–¡Y dale con los colores! ¡Me está usted tocando las narices! ¡¿Que le describa mi cabreo en colores?! ¿Y usted es el psiquiatra? ¿Usted es un sacadineros? ¡Menuda tomadura de pelo! ¿Sabe lo que le digo? Métase los colores… –y mientras dice improperios, el doctor saca un paquete del cajón, escribe una nota, deja ambas cosas sobre la mesa, y se va.
–¡Eso, y ahora se va haciendo mutis por el foro! ¡Muy bonito, sí, muy bonito! ¡Viva la profesionalidad! –Se acerca a la mesa.– ¡Pastillas! –hablando en voz alta, para que se le oiga fuera– ¡Seguro que son patillas, ustedes, los “loqueros”, lo arreglan todo con pastillas! –abre el paquete: es una caja de plastidecores, los lápices de cera de toda la vida, con los que los niños pintan folios y, si se tercia, mesas, puertas y paredes. Se decide a abrir la nota y lee:

“Indicaciones:

1.     Coloque la caja de colores en la mesilla de noche, a una distancia en la que le sea fácil alcanzarlos con la mano en posición tumbada.
2.     Dispóngase a dormir.
3.     Cuando se percate de que está soñando en blanco y negro, coja un color y coloree su sueño.
4.     Utilice varios colores.
5.     Prohibido usar el negro, el blanco y el gris.


Diagnóstico: Hasta que no aprenda a pintar sus sueños, su vida carecerá de colores”.





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