Autoestima






La flor quería crecer, se aferraba a sus raíces para beber de la savia, pero el arbusto se mofaba de ella y le decía: ”¡Qué pequeñas son tus raíces! Con ellas apenas podrás alimentarte. Eres una ingenua”. Y la flor empezó a desdeñar sus raíces.

Pero la flor quería crecer, extendía sus pétalos y dejaba que el aire los acariciara. El arbusto se burlaba de sus movimientos, y le decía: “Mira cómo a mí el aire me mueve mejor”. La flor empezó a avergonzarse de moverse al compás del aire.

La flor, sin embargo, quería crecer, dejaba que el sol la inundara con sus rayos y aceptaba los regalos de las gotas de lluvia que recibía de sus amigas las nubes. Pero el arbusto se la miraba y le decía: “Cuidado, el sol y la lluvia son más amigos míos que tuyos, ¡ui! Si yo te contara…”.

La flor cada vez estaba más hundida en las dudas, los reproches y desprecios que le hacía el arbusto. Tenía dos opciones, dejarse morir en su anhelo de crecer creyendo las palabras del arbusto, que le decía que estaba sola, o comenzar a ver por qué aquel arbusto siempre se comparaba con ella.

Un día, cinco gotas de rocío se posaron en una hoja y le sirvieron como espejo. Entonces la flor pudo ver su reflejo, ya no el que le describía el arbusto, sino el suyo: se vio dorada con los rayos del sol, brillante con las gotas de lluvia, con raíces fuertes y discretas y el aire haciéndole cosquillas. Y al fin comprendió por qué el arbusto siempre se comparaba y mataba sus anhelos de crecer. Ella no era una simple flor, era un rosal.

Entradas populares