La libertad
–¿Qué es la
libertad, papá?
–La libertad es
sentir el agua salada que golpea tus pies y el aire entre los dedos de las
manos.
Aún recuerdo aquel
extraño viaje. Por aquel entonces, los españoles que no queríamos hacer la
mili debíamos hacernos objetores de conciencia y durante un año trabajar en
asuntos sociales. A mí te tocó trabajar en la cárcel de Huesca, ordenando
ficheros y pasando a ordenador los datos de antiguos presos que habían residido
en aquella prisión, cuyas fichas de cartulina, amarillentas y con la tinta de
la máquina de escribir desgastada, resumían su vida criminal.
Pero un día me tocó
estar in situ acompañando a uno de esos presos. Tenía 22 años y me asignaron acompañarlo al hospital
en el furgón de la institución penitenciaria. Me aseguraron, los funcionarios,
que no pasaría nada, que era un procedimiento habitual. El solo hecho de
imaginarme dentro del furgón con aquel hombre, que llevaba más de veinte años
en la cárcel, me inquietaba. Llegó el momento. Dos policías custodiaban a un
señor de unos 70 años desdentado que, al verme, me guiñó un ojo y me dedicó una
sonrisa llena de agujeros.
Nos metimos en el
auto, aquel hombre y yo, solos, los policías saludaron con la mano y se
marcharon. Yo no contaba con eso, con estar a solas en el asiento trasero con
un preso, y hubiera salido de allí por piernas si no fuera porque aquel hombre
me miraba escrutando mis movimientos.
–¿Tienes un pitillo?
–me preguntó, al fin.
–No, no tengo… No
fumo.
–Haces bien, así no
se te caerán los dientes. Sé lo que me digo, ¡jajajaja!
Aquella sonrisa me
heló la sangre. Me sudaban las manos, me temblaba la rodilla. Intenté disimular
mirando por la ventana. El conductor del furgón tampoco me lo ponía fácil,
empezó a conducir ajeno a los dos bultos del asiento trasero.
–Un tío serio –me
dijo el preso, como adivinando mis pensamientos.
–¿Cómo…?
–Va chico, relájate,
que no me he comido nadie… aún… ¡Jajajaja!
Otra vez aquella
risa llena de huecos y vacía de complejos, una risa que se erige por encima de
todo y de todos, de alguien a quien la vida ha golpeado tanto que ya nada tiene
qué perder.
De pronto el furgón
se para en una gasolinera.
–Me bajo a echar
gasolina. Ahora vuelvo –fue la frase del conductor mientras ya había abierto la
puerta, cerrado y casi ya no existía. Las dos rodillas, no una, me temblaban
con fuerza, me arrepentí de no haber hecho la mili. Y el viejo que me seguía
mirando y olisqueando mi miedo.
–Aquí estamos
solitos, ¿eh? Venga, va, ¿seguro que no tienes un pitillo?
–Ya le he dicho que
no fumo.
En un plis, aquel
hombre se me acerca, me coloca una navaja en el cuello y me pregunta:
–¿Tienes carnet de
conducir, chico? –y ante mi mudez– Te he hecho una pregunta, no me digas que se
te ha comido la lengua el gato.
–S, s, s, sí…
–Pues ponte al
volante y conduce.
–Pero…
–Ya me has oído, ¿o quieres
que te raje? Y sin gritar, chico.
No sé cómo mis
piernas pudieron moverse, cómo mi cuerpo pudo pasar por entre los asientos
delanteros y sentarme en el asiento del conductor.
–¡No hay llaves!
–grité con un hilo de voz.
–Quita tu culo de
ahí –el viejo ya estaba empujándome y arrastrándome hacia el asiento del
copiloto.
–Tú vigila que el
tío no regrese –dijo saltando hacia el asiento del conductor –. Ahora está en
la tienda, si ves que sale, me avisas. ¿Entendido?
Asentí con la
cabeza, pero esta estaba absorta en sus manos y dedos, que se movían como
los de un cirujano haciendo un puente para hacer arrancar el coche, algo que solo había
visto en las películas.
–¡¿Qué te he dicho,
chico?! ¡Qué mires en dirección a la tienda y me avises!
El conductor del furgón estaba en la cola de
la caja registradora de la tienda de la gasolinera, en pocos minutos saldría a
la calle. El viejo estaba concentrado en su maniobra, de vez en cuando
resoplaba, decía algún taco, pero se notaba que sabía lo que hacía.
–Hecho, mano de
santo –el ruido del motor confirmó que el coche estaba a punto para arrancar.
–Ahora –me dijo
mientras levantaba su culo y me obligaba a colocarme delante del volante– conduce,
chico. ¡Muévete, venga!
–Y por qué no
conduce usted…
–Porque yo no sé
conducir.
–Pero sabe hacer un
puente.
–Sí, eso sí que sé, hacía
tiempo que no lo hacía, creí que no tendría ya maña, pero estoy satisfecho. Lo
de conducir, eso lo hacía mi amigo Max. ¡Conduce, venga!
El conductor del
furgón ya estaba saliendo de la tienda y se acercaba hacia nosotros. Mis pies
no tenían fuerzas para empujar el acelerador, mis manos eran de mantequilla.
–Conduce o te rajo.
Una orden infalible.
Medio segundo, y ya estábamos en la carretera. No sé cómo, pero podía conducir,
mientras el viejo de dentadura destentada gritaba con la cabeza fuera de la
ventanilla, enseñando su sonrisa hueca al mundo.
–¡Esto es vida,
chico! Qué lastima que no tengas un pitillo.
–Ya le he dicho que
no fumo.
–Lo sé. Lo sé, y en
el fondo haces bien, no creas. Pero es que el vicio es el vicio, y yo ya he pasado
la edad de cuidarme.
–¿Y a dónde vamos?
–Al mar.
El viejo se quitó
los zapatos y puso los pies encima del reposadero. Un olor a queso rancio
impregnaba el ambiente; tenía náuseas, ganas de vomitar, pero el miedo, la adrenalina,
me impedían soltar lo poco que llevaba dentro. Mi copiloto empezó a silbar con
las manos cruzadas en la nuca. Parecía que había rejuvenecido veinte años.
Mientras él silbaba, yo pensaba en la manera de salir de aquella situación.
Teníamos dos horas y media de viaje hasta el mar. Por el camino podrían pasar
varias cosas: 1. Que nos persiguiera la policía y nos mataran a los dos a tiros.
2. Que el viejo perdiera el juicio y me clavara la navaja. 3. Que llegáramos al
mar, y el viejo aún me clavara la navaja. Tenía que escapar de aquella
situación.
–¡Ei, chico!, estás
muy callado. Dame un poco de charla.
–No sé qué decir.
–Lo que sea.
–No se me ocurre
nada.
–¡Mira que eres aburrido!
¿Cuántos años tienes?
–22.
–Con 22 yo tenía
mucha más labia que tú, ¿sabes? Me ganaba la vida haciendo pequeños robos y
vendiendo luego a segunda mano. No era un negocio seguro, pero se podía ganar
mucho. Mi colega Max y yo. ¡Vaya par! Y te aseguro que no nos faltaba
conversación.
–Yo no estoy
acostumbrado a esto, es la primera vez que me pasa algo así.
–¿El qué?
–Pues esto, tener
que robar un coche de policía, que me secuestren con una navaja.
–¿Secuestrado? No
estás secuestrado, chaval. Solo te he cogido prestado. Pero si te portas bien,
luego te devolveré vivito y coleando. No te preocupes.
–Pero ¿y si viene la
poli? ¿Y si nos persiguen? ¿Y si nos tirotean?
–Me parece que has
visto muchas películas, chico, esto no es cine negro. Si nos persiguen, corres
más rápido.
–¿Y si paro el coche
cuando la policía nos pille?
–Si paras el coche,
te rajo. Pero eso no lo vas hacer, tienes cara de tío legal –y me da unas
palmaditas en el hombro.
–¿Cuándo me dejara
marchar?
–Cuando lleguemos al
mar, te doy mi palabra. La palabra es lo más importante, ¿sabes? Yo seré un
ladrón, pero soy un tío de palabra. Al único hombre que he matado en mi vida fue
a uno que no tenía palabra.
–Qué alivio…
–¿Qué has dicho?
–Nada…
–Has dicho “qué
alivio”.
–No…
–No mientas –su
mirada se clavó en mi sien, pude sentir un escalofrío que me recorría la espina
dorsal. De pronto, una colleja que casi me hace girar el volante a la cuneta.
–¡Jajajaja! “Qué
alivio”. Sí eres un chico gracioso. Eso está bien, muy bien, me gusta. ¡Jajaja!
Seguimos el camino
por carreteras secundarias hacia la playa. Me estaba haciendo cruces sobre el milagro
de no ser aún perseguidos por ningún coche de policía, cuando escuché los
ronquidos de mi copiloto. Se había dormido. Era el momento de buscar dónde
parar el coche, si fuera posible cerca de algún pueblo, para que me diera
tiempo de huir a pie en busca de gente y pedir auxilio. Pero el viejo roncaba
en el asiento contiguo y una punzada en el estómago me impedía frenar el coche.
Desaceleré y empecé a calibrar hacia qué dirección dirigirme. La punta de una
navaja me acarició el costado derecho.
–¿Qué haces, chico?
El viejo ya no
durmió durante el viaje. Me miraba con ojos serios. Casi echaba de menos su
sonrisa desdentada.
Estábamos a 18 kilómetros
de Salou cuando un coche de policía se asomó en un cambio de rasante. Me
zumbaron los oídos, con un autoreflejo solté las manos del volante y cerré los
ojos. El viejo cogió el volante, lo mantuvo con fuerza y gritó:
–¡Aprieta el
acelerador!
Apreté el
acelerador, volviendo a ser dueño de mí mismo y del volante.
–Cuando llegues al
coche de policía, no pares. Acelera, ¿entendido?
Asentí con la
cabeza. Fui apretando el acelerador, subiendo a cuarta, quinta marcha, la
policía haciendo luces para que frenáramos. Y yo que no era yo, concentrado en
la carretera, con los pies de plomo y las manos de acero. Pasamos el coche de
policía y seguimos a más de 100 por una carretera comarcal, obsesionado con
llegar a la playa.
–¡¡¡Yuhuuuuu!!!
¡Bien hecho, chaval! Sabía que tenías madera.
Me reí con ganas,
liberando la tensión. No sabía por qué, pero estaba feliz, quizás el exceso de
adrenalina en mi cerebro me había vuelto loco.
Lo cierto es que yo quería llegar al mar, quería que ese viejo llegara al mar.
–¿Cómo se llama? –le
pregunté.
–Miguel, ¿y tú?
–Carlos.
–Muy bien, Carlos,
tutéame, no me hagas más viejo de lo que ya soy.
–¿Por qué estás en la
cárcel?
–Por robar, y por
matar a un hombre.
Hubiera tragado
saliva al oír esa declaración, pero sentía que Miguel no iba a hacerme daño.
–¿Por qué quieres ir
al mar?
–Me estoy muriendo,
Carlos. Tengo el hígado podrido. Hoy tenía que ir a hacerme una quimio de esas
que te dejan el cuerpo para el arrastre. Pero yo ya no quiero vivir mucho.
Prefiero vivir lo poco que me queda haciendo algo que siempre quise hacer.
–¿El qué?
–Mojarme los pies en
el mar. Nunca he estado en el mar. Quiero saber qué se siente cuando el agua
golpea tus pies.
Entonces supe que
tenía que acompañar a ese hombre y ayudarle a mojarse los pies, y que si me
encontraba con la policía, aceleraría.
Llegamos a la playa.
Miguel bajó del coche, se agachó y tocó con las manos la arena. Luego se
levantó y tímidamente se fue acercando a la orilla. El mar estaba en calma, las
olas acariciaban la playa dejando una espuma blanca en su retroceso. Miguel se
fue acercando hasta que por fin las olas alcanzaron sus pies. Sin saber por
qué, imité al viejo, y yo también me quedé esperando descalzo el golpe del agua
salada en los pies, con los brazos extendidos, dejando que el aire pasara por
entre los dedos. No había palabras, ni sirenas, no existía el tiempo, la huida,
ni la policía, solo el aire, el agua y el sonido del mar.
–La libertad,
Carlos, es sentir el agua salada que golpea tus pies y el aire entre los dedos
de las manos.
–¿Y todos merecen la
libertad, papá?
–Sí, hijo, todos
merecen sentir esa libertad.
Cogí a mi hijo de la
mano y regresamos hacia el coche. Si conseguía esforzarme, aún podía recordar
la cara del viejo empotrada en el coche de policía, mientras los policías lo
chequeaban y le ponían las esposas. No se resistió. A la pregunta de mi
actuación en la huida, respondió que yo solo cumplí órdenes amenazado por su
navaja. Antes de meterse en el coche, me guiñó un ojo y me dedicó una sonrisa
que se me antojó limpia, hermosa y joven. Nunca más volví a ver a Miguel, murió
al cabo de unos días.
–¿En qué estás
pensando, papá?
–En nada… Solo en la
libertad.
