La vendedora de libros





Una tarde romántica en el Retiro arruinada por aquella vendedora de libros de segunda mano.

–Tú no puedes tocar.
–¿Por qué?
–Porque no quiero.

Y mientras, personas que paraban y trasteaban sus libros, novelas, cómics, ensayos, gramáticas. Un nuevo intento:

–¿Cuánto vale la Gramática Griega?
–A ti no te importa.

El magnífico día en Madrid arruinado por aquella vieja y sus desprecios. Todo Madrid condensado en ese punto preciso de la salida de la puerta del Retiro, donde los vendedores de libros de segunda mano instalan sus tenderetes, con la vista a la Estación de Atocha.

–Vámonos –me dice mi marido agarrándome por el brazo. Y yo que no me muevo, con las piernas ancladas en el suelo, como un mástil en la cubierta de un barco.
–Yo no me voy.

Empiezo a tocar los lomos de los libros, mientras aquella vendedora me clava una mirada asesina y masculla: “Te he dicho que tú no puedes tocar los libros”.

–¿Y por qué no puedo tocarlos, y esa señora y ese señor de al lado sí pueden?
–Por qué lo he dicho yo. Y punto.
–El mismo derecho tengo yo que esas otras personas.
–He dicho que tú no.
–¿Por qué?
–Porque tú no vas a comprar.
–Y usted qué sabe. Tengo dinero y el libro me interesa.
–Tú no vas a comprar nada, solo vienes a husmear los libros y marearlos.
–Déjala, es una persona que está un poco loca –interviene la mujer de mi derecha en un susurro, intentando disuadirme de continuar la dialéctica. Pero mi amor propio está al rojo vivo, necesito respuestas, y sigo tocando los libros.
–Toca un solo libro más y te arreo una...

Empiezo a mirar alrededor en busca de algún policía por si acaso, porque mi instinto es no parar de tocar los libros hasta tener una explicación, a riesgo de que la vieja se levante y me arree un golpe. Ésta hace ademán de levantarse y yo cierro los ojos porque sé que no me moveré, esperaré la bofetada. Pero en una milésima de segundo decido abrir los ojos y veo a una mujer a quien le cuesta levantarse, le tiembla la barbilla, las manos, me mira con rabia, pero en sus ojos hay una soledad infinita y, en el fondo, tristeza y miedo.

Todo Madrid condensado en ese cruce de miradas. No hizo falta hablar, seguí mis propios pasos cuesta abajo, con la mirada de aquella mujer gravada a fuego y lágrimas reprimidas en los ojos, las mías, las del orgullo herido, pero también las de la vergüenza y el desconcierto. Con el alma llena de preguntas. 

Madrid, quien por unos instantes se me antojó un laberinto inundado por los colores del ocaso, no podía darme las respuestas, ni el aire de aquel atardecer tampoco. Y mi marido a cien metros, arrastrando las maletas, camino de Atocha, ya hacía ratos que había decidido dejarme sola conmigo misma. Preguntas sin respuestas también en ese viaje de vuelta en el tren, con las luces furtivas de la ciudad de noche haciéndome guiños. ¿Por qué? ¿Quién soy?

Es posible que aquella noche la vendedora de libros se hiciera las mismas preguntas, es posible quizás que en su mirada yo hubiera leído esas mismas preguntas. Es posible que el desprecio provenga de esas incertezas, de esas preguntas sin respuestas que nos dejan un resquemor en el corazón y nos hacen morder, ladrar, dar golpes al aire, esperando que otros respondan por nosotros. Gritos que rebotan contra las paredes y regresan a nosotros en forma de eco: ¿Por qué? ¿Quién soy?

Aquella tarde en el Retiro decidí que empezaría a buscar las respuestas.



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