El abrazo



Pude verla, con mi barbilla apoyada en la barandilla del paseo marítimo. Vi su llegada apresurada, buscándole entre los rostros de aquellos que disfrutaban de la playa. Me llamó la atención porque no se había quitado los zapatos. Caminaba torpemente por la arena. Su bolso se balanceaba al compás de aquellos pasos y topaba con su costado, con el torso levemente inclinado hacia adelante. Buscaba a alguien, y todo lo demás, personas tumbadas tomando el sol, niños recogiendo conchas, adolescentes jugando al badminton, no le importaba.

Entonces le vi, desde mi situación disfrutaba de una buena panorámica. Paseaba por el rompeolas con los hombros caídos. No podía verle el rostro, pero sí adivinar la soledad que le enfrentaba a colocarse al límite del recorrido. Ella aún no lo había visto, y seguía hundiendo los tacones en la arena. Por alguna razón, tenía la certeza de que ambos personajes estaban conectados. Sentí la tentación de alzar mi mano y avisarla de que él estaba allí, perdido en ese rompeolas, con el corazón atormentado con cada choque de agua sobre las rocas. No fue necesario, de pronto ella le vio y empezó a correr sin molestarle los tacones. Él estaba de espaldas, mirando al mar. Mi corazón se agitó cuando vi que ella subía las rocas, apoyándose con las manos, resbalando, pero dispuesta a no rendirse. Y sentí que ella era yo, la mujer destartalada de los tacones y el bolso, que trepaba hasta llegar a la cima, siguiendo luego en línea recta hacia el extremo donde ya no hay camino, solo él con la mirada distraída en el horizonte.

Pronunció su nombre en un suspiro. Él dudó un instante antes de girarse; aquella voz le parecía un sueño, y no quería despertarse. Pero cuando se dio la vuelta, no hizo falta hablar. Fueron pocos los pasos necesarios para acabar fundiéndose en un profundo abrazo lleno de instantes que no necesitaban verbalizarse. Lágrimas mudas que significaban más que las palabras. Segundos que representaban los años compartidos. Sueños de juventud, besos a hurtadillas, risas descaradas; gritos en la montaña esperando el saludo de un eco, gritos de reproche encerrados entre cuatro paredes; llantos de bebés en medio de la noche mezclados con sonrisas y carcajadas, y otros con sabor a decepción ocultos tras las sábanas; silencios llenos de complicidad, y pesados silencios de ausencia. Pasión, desconcierto, culpabilidad abrazadas. Y ahora, ante la conciencia desvelada de sí mismos, la certeza de que sus vidas permanecían en ese abrazo porque habían aprendido, a pesar del dolor, a mirarse de cara y reconocerse en el otro.

Apoyada en la barandilla del paseo marítimo, decidí regresar a casa. Y, mientras me marchaba discretamente, dejándolos abrazados en la playa, sentí que algo dentro de mí se había reconciliado aquella mañana.




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