El experimento
Sé que la sonrisa de Andrés tiene los días
contados. Regresó hace una semana de sus vacaciones, y aún tiene el regusto de
la novedad en la boca. Pero en pocos días ese recuerdo se irá consumiendo y se
impondrá la rutina. Lo tengo comprobado, es un hecho totalmente empírico. Clasificar
sobres y paquetes es lo que tiene. Todo lo mecánico acaba secando el alma. Y si
no, que me lo digan a mí, que vengo cada día a esta oficina de correos desde
hace treinta años a recoger las cartas del gabinete donde trabajo.
Sí, pronto la cara de Andrés tendrá la misma
expresión anodina de su compañero Guillermo, quien ahora me está atendiendo en el
mostrador. No le culpo, es comprensible, ocho horas delante del público, con
una conversación neutra: “DNI, por favor”, “Firme aquí”, “Gracias”,
“Siguiente”.
Cada uno de los funcionarios de la oficina de
correos lleva escrito en la frente la palabra “aburrimiento”. En su momento
creyeron ser afortunados por haber aprobado unas oposiciones y tener la vida
laboral garantizada; pero eso exige un alto precio. Quizás los primeros años
intentaron hacer su trabajo con entusiasmo, pero los asuntos burocráticos
tienen poco encanto. Sé lo que me digo...
La expresión de Andrés es temporal, con fecha
de caducidad, destinada a marchitarse como una flor que ha sido cortada y
colocada dentro de un florero. Al cabo de unos días, el agua tendrá un olor
agrio, y la flor llevará el color de la muerte en sus pétalos. Es ley de vida.
Han pasado dos días más, y la cara de Andrés mantiene
la sonrisa pegada. Veo que Luisa lo mira de reojo, debe de hacerse la misma
pregunta que yo. Luisa es la más veterana de la oficina y eso le concede el
privilegio de poder mostrarse más borde con el público y con sus compañeros.
Hasta puedo adivinar en su mirada la incomodidad que le produce el buen humor
de Andrés. Resulta discordante, provocativo y hasta insultante. Si su sonrisa
no desparece por la rutina, lo hará por el desprecio de sus compañeros. No
tardará en suceder, es cuestión de esperar…
Tres semanas, y la sonrisa de Andrés me
resulta intrigante. Diría que inaguantable, pero me puede más la curiosidad que
el desprecio. Sin embargo, aún me desconcierta más la reacción de Guillermo y la
de Luisa ante su compañero, parecen haber aceptado esta novedad, y hasta he percibido una leve sonrisa en Guillermo
cuando hoy me ha saludado. Si fuera paranoico pensaría que esto es una
pandemia, una enfermedad contagiosa que afecta al seso. Seguiré esperando, sé
que esto tiene los días contados.
Ha pasado un mes. Andrés cuenta chistes, y
sus compañeros ríen sus gracias a carcajadas. El sonido de la risa es discordante,
su eco resuena dentro de estas cuatro paredes con la misma desafinación que un
violín de tres cuerdas. Pero a ellos no les importa hacer el ridículo. Me
pregunto a dónde fue Andrés de vacaciones…
Esto no lo puedo permitir. Hoy Guillermo me ha
hecho un comentario acerca del partido de fútbol de la pasada tarde, Andrés y
Luisa me han mirado fijamente esperando que mis labios se inclinaran de forma
ascendente. Casi cedo a la tentación, mi barbilla ha temblado y mi rostro casi
se ha relajado para dejar fluir una sonrisa, pero he conseguido recuperar el
control en el último momento. Andrés me desquicia, si pudiera, no volvería a
esta oficina, pero no tengo alternativa. Debo ser fuerte, o acabaré volviéndome
loco, como ellos. ¡Claro, es eso! ¡Se han vuelto locos! Ese debe ser el
resultado final que le espera al funcionario cuando la rutina posee su mente y
su cuerpo. Es una reacción de choque. En el fondo están desesperados. Sin duda es
así, ¡menudo descubrimiento! A mí no me engañan…
Luisa parece haber rejuvenecido diez años.
Tiene otro estilo, en su peinado, su forma de vestir, hasta en la delicada
manera de llevarse el cabello hacia atrás. Es amable con el público, femenina.
Guillermo parece unas castañuelas, procuro evitarle. Últimamente me atiende
Andrés; por un lado lo prefiero, Guillermo me produce vergüenza ajena, y Luisa
es pura decepción. Pero Andrés, no deja de mirarme como escrutando mis
pensamientos. Me ha deseado un buen día. Tengo que tener mucho cuidado con él.
No debo olvidar que fue el foco de esta pandemia. Intento resistirle la mirada
para demostrarle que no le tengo miedo. Su amabilidad me resulta un duelo de
poderes. Pero no sucumbiré.
La oficina de correos parece otra, la gente
entra y sale con buen sabor en la boca, se escuchan saludos, leves carcajadas y
deseos de buenos días. Todo orquestado por el buen tino de Andrés, Guillermo y
Luisa. Yo intento pasar el mínimo tiempo posible en ese espacio viciado. Es
antinatural, me desquicia pensarlo, me obsesiona como una ecuación de la que no
hallo solución. Sigo sin saber a dónde fue Andrés de vacaciones, y creo que
sería necesario saberlo, porque el lugar de donde haya venido debería estar en
cuarentena. Me estoy planteando venir con mascarilla la próxima vez, por si el
contagio es por el aire.
Hoy no he podido más. He seguido a Andrés
hasta su casa. Necesito saber de dónde procede su enfermedad. Mañana me colaré.
Es necesario. La humanidad me lo agradecerá algún día.
Entrar en la casa de Andrés no ha sido
difícil. He registrado sus cajones, pero no he hallado pistas acerca de sus
vacaciones. Creo que las pistas están en su ordenador. Ayer pude observar desde
la ventana y conozco su clave…. Hecho, ordenador encendido. Hay carpetas en el
escritorio: PERSONAL, FINANZAS, RECETAS DE COCINA… Pero ninguna sobre
VACACIONES. Y la carpeta de FOTOS contiene fotos de Andrés con el cabello más
largo, de hace años, ninguna foto que me dé pistas sobre su reciente viaje. Hay
una carpeta extraña: EXPERIMENTO. Dentro de ella un documento Word con el mismo
nombre. Lo estoy abriendo… Ya está abierto, lo estoy leyendo:
Amigo,
si lees esto es que ayer mientras me espiabas por la ventana conseguiste la
clave de mi ordenador. No importa, de hecho, me esforcé por teclear lo suficientemente
lento como para darte tiempo a memorizarla. Desde que me seguiste hace dos
días, que sabía que la curiosidad te podría y entrarías en casa. Sé que no eres
peligroso y que la desesperación te lleva
a ello.
Desde
que hace tres meses me operaron del tumor cancerígeno que tenía y pude salir
airoso de la recuperación, que me propuse vivir la vida y hacer felices a los
que tengo a mi alrededor. Mi carácter huraño me ha hecho vivir solo y no tener
amigos, así que empecé por mis compañeros de trabajo, Guillermo y Luisa. Fue
difícil, al principio me miraban con extrañeza, como no reconociéndome. No di
explicaciones, me limité a ser feliz. Poco a poco confiaron en mí, y están
siendo más felices. La felicidad no se alcanza, se trabaja, es una actitud.
Puede ser contagiosa, pero no es peligrosa. Las personas que acuden a la
oficina de correos la perciben y durante unos minutos parecen olvidar sus
problemas.
Sin
embargo, ha habido una persona que en todo este tiempo se ha resistido. Y ése
has sido tú. Por eso te convertiste en mi experimento. Necesitaba comprobar
hasta dónde llegaba tu hermetismo contra la felicidad. Debo confesar que
contigo perdí las esperanzas, hasta que hace dos días vi cómo me seguías hasta
aquí. Ahora sé que es la curiosidad la que te ha movido a seguirme, lo cual
prueba algo que ya sabía, que no eres feliz, pero sobretodo, que estás cansado
de no serlo. Quieres ser feliz, y eso despeja la incógnita.
Amigo,
no hay secreto para la felicidad. No es un objeto alcanzable, no es un
sentimiento meramente, es la certeza de saber que estás vivo y agradecer por
ello. Yo no pude apreciarlo hasta que me vi al borde de la muerte. Pero no es
necesario que tú padezcas para llegar a eso. Basta con que cuando salgas de
aquí, percibas la buena mañana que hoy hace, el olor al pan recién hecho de la
panadería contigua a mi portal, y te dejes contagiar por ello. Pero si esto no
te es suficiente, aquí tienes mi abrazo. Solo tienes que girarte y dejar que te
abrace.
He clavado la mirada en la pantalla del
ordenador, con miedo a girarme y llevarme otra decepción más a la larga lista
de las decepciones de mi vida. Hasta que el reflejo de una silueta me ha
encogido el corazón. Girarme ha sido fácil, dejarme abrazar es cálido y extraño
a la vez. Había olvidado esa sensación, pero este abrazo me ha recordado los
pocos abrazos que recibí de mi padre, quien murió cuando yo tenía 14 años.
Andrés me lo ha recordado, aún cuando yo podría ser el suyo. Me faltan dos años
para jubilarme y, por primera vez en mi vida laboral, hoy he llorado como un
niño. Hoy he visto la felicidad.
