En el autobús
Subida en el autobús, con mi ipod, abstraída en
mi música, la mirada más allá de los cristales. Así empezaban mis mañanas.
Con suerte, encontraba algún asiento disponible, un pequeño privilegio frente a
los que tenían que conformarse con estar de pie agarrándose a la barra
para mantener el equilibrio.
Las personas apenas eran bultos, sombras que
bostezaban, tosían o suspiraban a esas horas cuando el sol hacía poco que se
había despertado. Pero yo prefería mirar hacia fuera, sin ver nada, antojándoseme
que la ciudad era una playa desierta, lejos, muy lejos. Con buena música es
fácil imaginar. Hasta que oí aquella voz. Necesité quitarme los auriculares
para verificar que aquella voz no hablaba, o si lo hacía, nadie más que yo
podía escucharla.
–Hoy se lo diré. Sí, lo haré.
Alguien había hablado, alto y claro, una voz
de hombre, pero nadie parecía haberse dado cuenta. Y sin embargo yo lo oí.
Decidí colocarme de nuevo los auriculares, con cierta angustia que quise ahogar
convenciéndome a mí misma de que no había oído nada. Apreté el Play para
recuperar la canción, pero de nuevo la misma voz:
–Entraré en el despacho y les diré que si no
me dan el aumento de sueldo, me voy.
Me puse de pie de un brinco, hasta que la
abuela que estaba sentada a mi lado, mirándome con extrañeza, me devolvió a la
realidad:
–¿Tienes que bajarte en esta parada, niña?
–No, disculpe, me he equivocado –y volví a
sentarme.
Alguien había hablado, seguro, alguien que
estaba en ese autobús. Empecé a mirar las caras de los que allí estaban:
ancianos, alguna madre con su hijo en brazos, señoras de mediana edad. ¿Quién
ha hablado? Y entonces lo vi. Un señor de unos cincuenta años, taciturno, con
las manos apoyadas en las rodillas, frotándoselas con fruición. No decía nada,
pero en sus ojos leí sus palabras:
–Diez años haciendo horas extras, dejándome
la piel, y ahora me dicen que no me mejoran las condiciones… ¡No cederé!
Penetré en la mirada de ese hombre, saboreé
su frustración. ¿Qué me está pasando? Apenas me estaba haciendo esta pregunta,
cuando otra voz irrumpió sin ser oída. Esta vez era la voz de una mujer, que
sollozaba:
–¿Por qué a mí, Señor? ¿Cómo se lo diré a los
niños?
Busqué entre los rostros aquella voz. No me
fue difícil hallarla en los labios temblorosos de la mujer sentada tres
asientos por delante:
–Cáncer... ¡Maldita palabra! –fue su grito
silencioso, de unos ojos que no derramaban lágrimas.
Pude sentir su miedo, su rabia, su angustia.
¿Qué podía decirle? Hacia ratos que había guardado mi ipod y mis auriculares.
Las voces discordantes, los anhelos, duelos, de mis acompañantes de autobús
penetraban en mis oídos, lo más humano entonando una canción cargada de
porqués. Un parón seco me hizo volver en sí. Aquella era mi parada. Pedí
permiso para que me dejara salir a la anciana que estaba sentada a mi lado, de
la cual había escuchado en silencio sus lamentos por las pocas visitas que
recibía de su único hijo.
Bajar de aquel autobús fue una liberación. Entonces sentí su toque en mi hombro:
–No te angusties. Sígueme. Te enseñaré a ser
consuelo para el que lo necesite.
Aquel joven de pelo largo me miró con ternura,
como si me conociera; luego pasó hacia delante. Y yo decidí seguirle.
