La tumba
Dedicado a Mylena, quien me inspiró la idea...
Tumbas con nombres gravados, fechas separadas
por un guión, epitafios: “te extrañamos”, “tu familia no te olvida”; algunas con flores
marchitas, otras con flores frescas, y también aquellas tumbas sin flores, en las
que el tiempo y el olvido parecen haber hecho más énfasis.
Buscaba la tumba de la abuela de su amigo, apenas
tenía una pista: el apellido. María, con un ramo de rosas blancas, leía las
tumbas imaginando la tristeza de Carlos. Carlos, su compañero de estudios, su
confidente y amigo, que se había marchado sin decir adiós al funeral de su
abuela. Carlos, el de la gran sonrisa y el de los novillos, quien recurría
siempre a ella para pedirle los apuntes de las clases de universidad a las que
solía no asistir, pero que luego le compensaba con un guiño divertido.
María sentía la pena de su amigo por la
muerte de su abuela, quien –creía ella– se marchó por la puerta de atrás para
llorar solo su pena. María, la amiga fiel, buscaba llenar el vacío de su amigo
depositando un ramo de rosas blancas en la tumba de su abuela.
–Disculpe, señorita. No he podido evitar
observarla. He visto que lleva un buen rato leyendo los nombres de las lápidas,
como si buscara una en concreto, ¿puedo ayudarla?
María miró perpleja al desconocido que le
hablaba; por su mono de trabajo dedujo que era el sepulturero de aquel
cementerio. Finalmente, decidió aceptar la ayuda que éste le ofrecía.
–Gracias, busco una tumba concreta, de una
anciana que fue enterrada aquí hace un par de días. Solo sé su apellido:
Villalta.
–¿Solo su apellido? ¿Y dice que fue enterrada
aquí hace un par de días? Déjeme pensar… Las tumbas más nuevas se encuentran
hacia el este. Le acompaño hasta allá.
A María le incomodaba el eco de otros pasos
que no fueran los suyos, porque parecían susurrarle una pregunta también
incómoda.
–Ya hemos llegado. Como ve, estas tumbas son
nuevas, y aún hay espacio para más.
Un césped nítido y fresco se extendía varios
metros como terreno potencial para ser excavado. Un escalofrío recorrió la espalda
de María al pensar en esa posibilidad, en esas nuevas tumbas aún incorpóreas.
–Villalta, Lourdes Villalta. Aquí tenemos su
tumba. Quiero decir, la tumba que buscaba, entiéndame –intervino con un humor
extraño el desconocido, acrecentando el estupor de María.
La tumba de Lourdes Villalta, nacida en 1915
y muerta en 1997 lucía impoluta, adornada con varias coronas y algunos ramos aún
frescos.
–La tumba de su familiar se ve hermosa con
esas flores.
–No es familiar mío –confesó al fin María– Es
la abuela de un buen amigo.
–¿Y dónde está su amigo?
–No lo sé… Se marchó nada más recibir la
noticia de la muerte de su abuela. He intentado llamarle, pero no consigo
contactar con él.
–Y aún así ha decidido venir usted sola a
llevarle un ramo de flores a la abuela de su amigo. Curioso…
Aquella afirmación pronunciada en boca de aquel
hombre irritó a la joven, que por primera vez se vio a sí misma ridícula
sujetando delicadamente aquellas flores de color neutro. Como neutros eran los
silencios de Carlos, las explicaciones furtivas ante sus frecuentes faltas de
asistencia a clase, neutras sus preguntas sobre los sentimientos de María,
apenas un “cómo estás” apresurado entre clase y clase, por los pasillos, que ella recogía con hambre
de amistad.
–Disculpe si he dicho algo inapropiado. No
era mi intención.
–No, tranquilo. Su pregunta tiene sentido… De
hecho tiene más sentido que el hecho de que yo esté aquí.
Las lágrimas de María se escaparon sin que
ella pudiera impedirlo. Aquel sepulturero sacó un pañuelo de su bolsillo y se
lo ofreció gentilmente. María pudo fijarse en sus manos rudas de cavar con la
pala, pero a la vez delicadas en su humanidad. Y por primera vez reparó en la
dureza física y emocional del trabajo de aquel hombre, de quien no sabía su
nombre.
–Gracias, no sé qué me ha pasado. Debe ser
este sitio, la nostalgia que provoca, la tristeza. No sé…
–Tiene razón, señorita. Este sitio es un
lugar triste. He visto muchas lágrimas derramarse aquí, muchos llantos de
impotencia, aunque también debo confesarle que algunos de alivio. Es un trabajo
curioso, me expone a ver la humanidad en su máxima fragilidad. Pero, ¿sabe? El
ser humano no deja de asombrarme, podría decir que es predecible, pero
mentiría. Ningún llanto es igual, todos merecen un respeto único. Cada dolor,
cada consuelo es singular, créame.
María escuchaba las palabras de aquel hombre.
–Creo que la estoy aburriendo…
–No, de verdad. Me parece muy interesante lo
que dice. Yo reconozco no estar familiariza con esto.
–Nadie lo está, es inevitable y necesario que
sea así. ¿Puedo hacerle una pregunta?
–Claro.
–¿Qué hace una joven como usted con un ramo
de flores buscando una tumba de alguien a quien no conoce? ¿Cree que su amigo
sabrá que usted está aquí? ¿Cree que le agradecerá este gesto?
–No lo hago por eso, lo hago porque quiero
ayudar, expresar mi compañía.
–¿Y a usted, quién la ayuda, quién la
acompaña?
–¿Cómo dice?
–Su amigo no ha respondido a sus llamadas, ni
si quiera sabe que está usted aquí. Y su abuela, le aseguro que no se lo dirá.
Oh, perdone mi humor negro, son gajes del oficio. Para llevar este trabajo
necesito ciertas dosis de cinismo, pero intento no excederme. Si lo he hecho,
perdóneme.
María buscaba las palabras adecuadas para
responder a su interlocutor; estaba indignada por su intromisión, irritada por
no saber qué responderle, y avergonzada porque sabía que en el fondo aquel
hombre tenía razón.
–Bueno, la dejo sola para respetar su momento
de intimidad, señorita. Encantado de haberla podido ayudar.
–No, por favor, no se vaya –de pronto la idea
de quedarse sola delante de aquella tumba de Lourdes Villalta, 1915-1997, le
aterró –Prefiero no estar sola.
El sepulturero la miró hasta lo más profundo
de su alma y volvió en sus pasos hacia ella.
–Déjeme que le dé un consejo, señorita.
Deposite las rosas blancas en la tumba de la abuela de su amigo. Pero antes
colóquese una sola rosa en el cabello –y mientras lo decía, arrancó una de las
rosas y se la puso a María detrás de la oreja–. Así se ve usted más bonita. Y
haga lo siguiente: cuando salga de este cementerio, vaya hacia la playa de San
Miguel, no queda muy lejos de aquí. ¿Ha venido en coche?
María asintió concentrada en las palabras de
aquel hombre rudo y delicado, conocedor de la vida y de la muerte.
–Cuando llegue a esa playa, descálcese y
camine por la arena, sin prisa. Deje que el viento ondee sus cabellos, que el
agua saboree sus pies, y viva, sobre todo, viva. Y por favor, no deje que nadie
le haga salir en busca de una tumba desconocida, sin haberle dado indicaciones,
ni explicaciones. Que las flores que usted dé y le den sean en vida. ¿Me
entiende, señorita?
–Le entiendo.
El sepulturero besó tiernamente en la frente
a María. Y María se marchó de aquel lugar aspirando el olor de su rosa blanca
en el pelo, sintiéndose más viva que nunca en un lugar donde yacen muertos.
Subió a su coche, dirección a la playa de San Miguel. Sin mirar atrás. Decidida
a caminar sobre la arena. Nunca más supo de Carlos. Ni falta que le hacía.
