Acra y el lobo
La primera vez que lo vi merodeando por los
muros de la ciudad sentí una mezcla de miedo y compasión. En su manera de andar
y en su cuerpo ahora famélico se percibe aún una cierta majestuosidad que debió
acompañarlo en el pasado. El lobo, como así se lo conoce desde hace años en la
ciudad de la esfinge, el merodeador del muro que no se atreve a cruzar el
umbral hasta que reconozca cuál es su miedo.
Mi abuela me explicó su historia, ella es la
mejor contadora de historias que conozco, pero a mí me cautiva especialmente cuando
explica esta, porque sus ojos se iluminan y adquieren una tonalidad de misterio
que me hace rozar el sentido del bien y del mal.
Acra, así se llamaba la niña que con ocho
años vio como el lobo devoraba a su familia e hirió su brazo izquierdo. Dicen
que cuando un lobo prueba la sangre de un humano no cesa en su ansia de
devorarlo. La cicatriz de Acra en su brazo era un lastre, un señuelo para el
depredador que la acompañaría el resto de su vida. Muchas familias del poblado
donde vivía Acra intentaron protegerla de esa maldición a riesgo de perder sus
vidas. Muchas muertes se sucedieron mientras Acra crecía. El sentimiento de
culpabilidad ante las muertes de personas inocentes, la llevó a abandonar la
aldea con quince años y emprender un largo camino hacia la ciudad de la esfinge, el
único lugar donde, si conseguía llegar, sería liberada de su peor enemigo.
El largo viaje de Acra supuso muchos meses de angustia, de noches de insomnio, con el cuchillo
en su regazo esperando el ataque traidor del lobo, quien la seguía de lejos,
olisqueando su rastro. Éste sabía del poder que ejercía sobre Acra, sabía que
sus aullidos en las noches de luna llena dirigían a la joven hacia un mundo de
desesperación, la hacían taparse los oídos y gemir al refugio del fuego. Y
el lobo se extasiaba en esa sensación de dominio.
Acra intentó entonces adelantarse a los
movimientos de su enemigo, creyendo que si ella lo cazaba primero, podría
escapar de él. Pero la mente de un lobo no es como la humana, carece de
empatía, no se deja llevar por el asombro. Carece, en
definitiva, de alma. Los intentos de Acra fueron inútiles y casi le cuestan la
vida. Pero, milagrosamente, algo sucedía en el último instante que lograba liberarla de las
garras del cazador.
Y así, caminaron juntos, pero distantes,
durante años, hacia la ciudad de la esfinge. Con el tiempo, Acra aprendió a
mitigar el estupor que le generaban los aullidos del lobo; encontró refugio en
las estrellas, a quienes hablaba durante la vigilia y con quienes soñaba llegar
a la anhelada ciudad.
Cuando por fin se fue acercando a los muros
de la mítica urbe, sintió con más fuerza la presencia del lobo que la escrutaba
entre las sombras; pudo percibir su respiración agitada, su furia contenida. La
cercanía de la esfinge desagradaba al animal en lo más profundo de su ser. Pero
Acra desconocía aún la razón. Pronto la descubriría.
Era el atardecer de un largo día de verano
cuando Acra vio la sombra de la esfinge proyectada en el suelo, y al elevar la
vista y encontrarse con ella, cayó postrada a sus pies. Aquellos ojos parecían
leer su alma y Acra contuvo sus pensamientos, avergonzada, hasta que al final, rendida, dejó que la
esfinge penetrara en ellos. Al hacerlo, sintió un alivio y una paz que le eran
desconocidos. Por fin, la esfinge habló. Su voz resonó como el trueno, y una
pregunta sin concesiones brotó de sus labios de piedra:
–¿Quién eres, Acra?
Acra tardó unos minutos en responder, intuía
que su respuesta debía ser sincera, sin justificaciones, si quería entrar en
la ciudad. Al fin, desde su interior, la encontró:
–Soy Acra, la niña que tiene miedo del lobo.
–Has dicho bien, Acra. Ahora mira detrás de
ti –respondió la esfinge.
Acra giró la cabeza, a pocos metros la observaba
expectante el temido lobo, con los ojos ensangrentados y sus dientes de acero.
Acra lo miró a los ojos, a pesar de que su instinto le decía que huyera si aún
esperaba salir con vida. Una voz en su interior, que le parecía la de la
esfinge, le dijo que mirara dentro, muy dentro de las pupilas del animal. Obediente,
se concentró en ello. Su cuerpo se estremeció cuando vio reflejada en aquellas
pupilas de vidrio el reflejo de su propia imagen. Pero ésta no era la de una
niña desvalida, sino la de una mujer valiente que se atrevió a desafiar al lobo
cuando aún era débil, que logró sobrevivir a pesar de la herida en su brazo.
Cuando Acra descubrió que esa imagen era lo que llenaba de amargura a su
enemigo lloró, pero no de miedo, sino por compasión. Dirigió sus pasos hacia
el animal, extendió su mano y acarició su pelaje gris y áspero, mientras éste bajaba la mirada con un marcado sentimiento de impotencia y deshonor.
–Ya no te tengo miedo, lobo. No me lo tengas
tú a mí.
La puerta custodiada por la esfinge se abrió
de par en par para Acra, y ésta entró dejando su pasado atrás.
El lobo se quedó clavado debajo de la
esfinge, consternado, moviendo su cola, estirando sus orejas al acecho,
temiendo aquella voz de piedra ahora que estaban solos.
–Es tu turno, lobo. ¿A qué le tienes miedo?
El animal se revolvió en sus entrañas,
negándose a asumir que él, el gran lobo temible de todo el reino, tuviera que
confesar su miedo. La esfinge esperó paciente, mientras el lobo se agitaba y
daba vueltas alrededor del muro.
–Como lo sigue haciendo ahora, ¿verdad,
abuela? La puerta sigue cerrada para el lobo, mientras él merodea por los muros
de la ciudad.
Mi abuela asiente de forma solemne cada vez
que le hago esta puntualización y, al cabo de un breve pero intenso silencio,
acaba por responder:
–Exacto, como lo sigue haciendo...
Y mientras me responde de esa manera, se toca
su brazo izquierdo, recuerdo de una herida que hace años que cicatrizó.
