Sin rostro
El hombre sin rostro
había adquirido su cara y su voz cuando se le acercó. Laura ya lo sabía,
ocurriría como tantas veces que ella se le había acercado. No podría evitarlo,
adquiere la forma y la voz de quienes tiene delante para sentirse aceptado.
Lee las necesidades de los que sueñan despiertos y procura convertirse en
la materialización de esos sueños. Todo por un poco de cariño y de
reconocimiento.
Sin embargo, esa sed
es insaciable, un poco de reconocimiento lleva a anhelar más y más. Así
hasta convertir a su interlocutor en espejo de sus frustraciones. Se alimenta
de ellos, los devora sin poder reprimirse.
Laura lo sabía, pero
se preguntaba si siempre fue así. No quería censurar al hombre sin rostro. La
vida, sus propios errores le habían enseñado que más allá de las etiquetas hay
personas de carne y hueso, humanos como ella, hijos de un mismo Dios. Estaba
convencida de que hubo un tiempo en que el hombre sin rostros tuvo una faz, la
faz de un niño que soñaba despierto. Que algo terrible debió de ir desdibujando
sus contornos hasta convertirlo en esa máscara reflectora.
Laura sabía que no
podía ayudarlo, que él sería, como tantas otras veces, una imagen dispuesta a
encandilar buscando llenar irremisiblemente su vacío mediante el vacío de los
demás. ¿Puede una araña dejar de tejer su telaraña?
Así que Laura pidió
a ese Dios que conoce los corazones y busca a sus hijos que interviniera en
el corazón de ambos: en el de ella, para no tener miedo ni dolor; en el de él, a
fin de recordar su propio rostro, aquel que le perteneció alguna vez cargado de
inocencia, y aprendiera a amarse, porque cuando nos percatamos de cuánto nos ama el Padre, podemos aceptarnos a nosotros mismos.
Ella sabe que solo Dios puede bajar a lo recóndito del alma humana y transformar la oscuridad en luz. Lo hizo cuando vino y se llamó Jesús; ése es el gran milagro. Y desde entonces, todos podemos reconocernos como hermanos, sin máscara, con rostro.
Ella sabe que solo Dios puede bajar a lo recóndito del alma humana y transformar la oscuridad en luz. Lo hizo cuando vino y se llamó Jesús; ése es el gran milagro. Y desde entonces, todos podemos reconocernos como hermanos, sin máscara, con rostro.
–Yo no puedo –dijo,
Laura, en una oración– Pero Tú sí, Señor.
