En la plaza
Se nos acercó y se sentó a nuestro lado, con
su cabello blanco, su cuerpo escuálido y unos ojos que parecían más vivos que
los de un niño. Mientras aún se estaba sentado, las palabras salían
atropelladas de su boca con un marcado acento catalán en un castellano
sintácticamente correcto. Le hubiera dicho que podía hablarme en catalán para
que se sintiera más cómoda, pero sus frases no dejaban lugar a interrupciones.
Así que nos callamos, intuyendo yo, que tendría una gran historia que contar:
“Me llamo Pepi, pero me llaman Pepita, porque
Pepi me parece más un nombre de perro. ¿A que no adivináis cuántos años tengo?
Soy vieja, muy vieja. ¡93 años! Que se dice pronto… Y he vivido de todo, de
todo. Yo fui de una familia de dineros, de muchos dineros, pero la vida cambia
las cosas. Y la mía la cambió el día que nueve hombres entraron en la casa y le
dijeron a mi padre que se lo llevaban, y mi padre, que era muy inocente y nada
tenía que esconder, se fue con ellos. Nos lo encontramos tirado en la calle,
con sangre en el pecho, la frente despejada y el pelo hacia atrás. Lo habían
matado a balazos. Y cuando mi madre preguntó por qué lo habían matado, le respondieron:
‘Por ir a misa’. ¿Tú crees que por ir a misa hay que matar a un hombre? Eso fue
lo que cambió mi vida. Eso, y que me enamoré de un tísico; mi madre me dijo: ‘No
te enamores del tísico, que está condenado a muerte’. Mi madre quería que me
casara con un médico de buena posición, pero yo acompañé a mi hermana, que era
enfermera, al hospital, y allí le vi, al tísico, y nos enamoramos. Para que veas
que en la vida no se puede sentenciar: hoy el tísico aún está vivo y más guapo
que yo. El matrimonio y la mortaja del cielo bajan. Nos casamos, y nos fuimos a
vivir a Barcelona. Si yo te contara… Yo a tu edad era un polvorín, he escrito
poesía y hasta teatro. De poeta y de loco todos tenemos un poco. Pero ahora
rompo los versos, porque el marido de mi hija es un catedrático madrileño muy
sabio, y no quiero que se ría de mí, porque el madrileño es muy sabio, le ponen
medallas los ministros. Pero he escrito mucha, mucha poesía. Podría contar más cosas,
porque éramos una familia de ocho hermanos, y en las familias ricas y numerosas
siempre hay historias. Pero no os interrumpo más, que he sido muy pesada”.
Quería decirle que me encantaba su relato,
pero desapareció con la agilidad con la que desaparecen las palabras, como si
hubiera sido una narración encarnada que vuelve a su estado original. Con su
ausencia, pude escuchar el viento entre las hojas de los árboles, las campanas
de la catedral repicaron anunciando las cuatro de la tarde, y la plaza se me
antojó un escenario plateado, con luces y sombras, la representación de un
bohemio teatro negro, cuyas sábanas son las nubes que juguetean con el sol. Es
el tiempo que pasa, pensé, que no transcurre igual para mí que para la señora
Pepita.
Aún estaba pensando en lo subjetivo del
tiempo, cuando lo vi, al señor con barba blanca y chaqueta gris desangelada
dando de comer pan duro a las palomas. Estas se le acercaban sin miedo, con la
familiaridad de otros encuentros. Él era feliz dando pan a sus amigas, sin
palabras, al compás de una vida diferente a la del resto de personas que
sentadas en la terraza del bar tomaban un refresco y charlaban acompañándose de
grandes gesticulaciones.
No pude evitar conectar a este señor con la
atmósfera emocional que me había dejado la señora Pepita. Y me propuse rescatar
el testimonio del sabor de otra época, de otra posibilidad de vida tan distinta
a la que se nos impone. Nos han robado el sentido del tiempo, y con él, los recuerdos. Pero
aún hay voces que conservan la magia de las historias; son palabras encarnadas,
que con su lenguaje son capaces de crear imágenes y casi poder acariciarlas. El
padre de Pepita estirado en el suelo, su historia de amor con el enfermo de
tisis, la placidez del señor de barbas
dando pan a las palomas, se me quedaron gravadas junto a la satisfacción de
haber podido experimentar que a veces se le puede sacar la lengua al tiempo,
atraparlo, destilarlo, como hacen los poetas.
Al experimentar aquella rebeldía poética ante la vida, me sentí liberada; porque es cierto que, como dijo la señora Pepita, de poeta y de loco todos tenemos un poco.
Al experimentar aquella rebeldía poética ante la vida, me sentí liberada; porque es cierto que, como dijo la señora Pepita, de poeta y de loco todos tenemos un poco.