Entre la niebla




He caminado entre la niebla, palpando las paredes de la ciudad, huyendo de las sombras, como un alma errante que apenas se atreve a pronunciar su nombre, porque apenas lo sabe. He buscado en los demás el sonido de mi nombre, y me han devuelto balbuceos sobre mí mismo.

Un recorrido laberíntico en busca de una identidad, permitiendo que mi vulnerabilidad se abriera en carne viva y otros cincelaran en ella o me marcaran con un estigma. Porque la sensibilidad no se permite en un mundo de máscaras, porque la fragilidad es una amenaza para los que se creen fuertes.

He vuelto sobre mis pasos y la frustración de descubrir que mi camino ha sido circular es dolorosa. Porque nunca dejé de caminar, nunca me di por vencido, nunca renuncié a encontrar el claro entre la niebla, nunca renuncié a mi sueño de encontrar mi verdadero nombre. Y aquí me hallo, ante la encrucijada de abandonar y convertirme en un cincelador, en un estigmatizador que se sintió estigmatizado, o de seguir caminando a través de la niebla, a pesar de la niebla…

He caminado entre la niebla, palpando al azar las manos dubitativas de otros que como yo vagabundean por la ciudad, con la esperanza de que el halo húmedo y blanquecino oculte sus rostros, con la pregunta tímida en sus labios: “¿Quién soy?”. 

He sentido su impotencia, que es también la mía, y mi incapacidad de poder responderles, responderme, respondernos. Manos que movidas por el miedo y la vergüenza se hacen huidizas y desaparecen dejando un rastro de ahogados sollozos. Les he dicho “adiós” con la esperanza de que ellos, como yo, encuentren su propio nombre.

He caminando entre la niebla, y continúo caminando, resistiéndome a creer que estamos solos en un juego absurdo. Si hay una búsqueda, debe de haber un hallazgo. Los que dejan de buscar, permiten que las tinieblas inunden su ser y acaban desdibujados por una espesura implacable. Estos son los que se convierten en cinceladores de otros movidos por la desesperación.

He decidido caminar asiéndome de los dedos temblorosos de aquellos tan perdidos como yo, con un pacto de silencio, sin preguntas, sin respuestas,  sin intentos fallidos por pronunciar torpemente nuestros nombres. Huyendo de las palabras, pero sintiendo el calor de la piel contra la piel. Quién sabe si en estos momentos la cadena humana de aquellos que buscamos el claro al final del camino adquiera una longitud considerable y pronto lleguemos al final del laberinto. Mientras, seguiré caminando a través de la niebla, a pesar de la niebla, conociendo mi fragilidad, pero sabiéndome que no estoy solo. Porque más allá de la niebla, hay luz.

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