Gris, verde y azul
Mirando desde la ventana, las paredes grises
de cemento no son una vista agradable. Se agradece la silueta verde de un pino
que asoma por encima de uno de los tejados. Verde sobre gris, y en el fondo,
azul, un cielo azul. Esa gama de colores me trae evocaciones, que son como
ensoñaciones, de una infancia mirando por la ventana: gris, verde y azul.
Dentro, la habitación de un hospital cuyo
tiempo parece congelado. Un tiempo que evoca a otro tiempo, al tiempo del
pasado, al del recuerdo, la nostalgia, al tiempo perdido,
al que no volverá. Este tiempo, que ahora parece una postal y que juega a
dejarse acariciar, es un mago
traicionero. Sabe que tiene la partida ganada, y que cuando se le antoje
volverá a rodar con sus dientes de acero. Mientras, dejaré que crea que me
engaña, saborearé la estancia, los minutos, los recuerdos, aquellos recuerdos
que creía olvidados y que ahora regresan como si nunca hubieran pasado. Y me
susurran, ¿dónde has estado? ¿qué has estado haciendo durante tanto tiempo?
¿has vuelto? ¿te fuiste alguna vez?
Yo, que he jugado siempre con prisas, estos días
he dejado que el tiempo marque su pausa. Es una sensación conciliadora, un
reencuentro conmigo, con los míos, con mi trozo de carne, lo que fui y lo que soy. Lamento
haber desperdiciado tanto tiempo huyendo del tiempo precisamente, porque en esa
huida he perdido tantas cosas… Y a pesar de que el tiempo es implacable, le
pido una tregua. Voy a cumplir cuarenta, los años que aún me quedan quiero
poder mirarlos de aquí a un tiempo y descubrir que aprendí a vivir, y no a
huir; que aprendí a amar, y a no olvidar.
Cuando vuelva a mirar desde la ventana de un
hospital, espero que el gris, el verde y el azul me saluden; y el tiempo, entonces, deje de
ser un rival para ser un cómplice amistoso.
