EL ZORRO Y EL PUENTE

Érase una vez un zorro que llegó a un bosque con la idea de convencer a sus habitantes sobre la importancia de construir un puente para cruzar el río. Pero los habitantes del bosque desconfiaban de él por su condición de zorro. 

Observando a los animales, el zorro se dio cuenta de que los castores eran los obreros ideales para la construcción del puente, por sus dientes afilados y su capacidad de nadar. Pero los castores desconfiaban de él y no quisieron ayudarle.

Con el tiempo, el zorro descubrió que entre los castores y los ratones  no había muy buenas relaciones (aunque no se decían las cosas a la cara y el trato era correcto). El zorro empezó a escuchar las quejas de los ratones acerca de los castores. Tanto los escuchó, que los ratones empezaron a creer que tenían razones de peso para enemistarse con los castores. Los castores, a su vez, al ver el interés con que el zorro escuchaba a los ratones, empezaron a sentir antipatía real hacia ellos.

Sin embargo, el zorro no pudo convencer a los ratones sobre la importancia de construir un puente para cruzar el río. Para ellos, lo que hubiera al otro lado no era importante. 

Así que el zorro empezó a congeniar en horas nocturnas con los sabios búhos, a quienes les encantaba divagar largas horas sobre aspectos filosóficos. El zorro aprendió a filosofar como ellos, y de esta manera se ganó su confianza. Sucedía que para los búhos los animales diurnos eran poco interesantes y apenas confraternizaban con ellos. Cuando el zorro les habló de su sueño de construir un puente, no mostraron ningún interés, ya que disponían de alas que les permitían volar hacia el otro lado del bosque. ¿Para qué iban a querer ellos un puente, teniendo grandes alas? Y por supuesto, no iban a hacer nada por los animales diurnos.

Cuando los ratones descubrieron la amistad del zorro con los búhos, se sintieron traicionados, pues no era ningún secreto que los búhos y los ratones no gozaban de buenas relaciones. El enfado de los ratones fue tan notorio que llegó a oídos de los castores, y por primera vez estos sintieron simpatía por el aquel zorro que tanto revuelo había levantado entre sus rivales roedores. Así que los castores se ofrecieron a construir el puente, no porque lo necesitaran, ya que ellos sabían nadar, sino por presumir delante de los ratones. 

Cuando el puente estuvo construido, los castores invitaron con sorna a los ratones a cruzarlo. Pero estos, llevados por el orgullo, se negaron en rotundo alegando que no cruzarían un puente construido por castores. Por su parte, los búhos miraron con indiferencia aquella construcción que en nada les beneficiaba.

Ni unos ni otros se decidieron a cruzar el puente. Solo el zorro lo hizo, para no volver, convencido de que los habitantes de aquel bosque eran demasiado complicados y tenían demasiadas rencillas. Y así cruzó el puente sin mirar atrás, dejando un pueblo dividido, con la esperanza de encontrar otro pueblo y convencer a sus habitantes de la necesidad de construir un puente.


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