EL LECTOR



Había llegado el momento. Lo colocaron dentro de la cápsula de sensores capaces de trazar los circuitos del cerebro en su actividad. Metieron al niño en el habitáculo acolchado, a fin de que pudiera dedicarse a su actividad en la máxima comodidad posible. Había elegido un libro antiguo, extasiado por la ilustración de la contracubierta. Los expertos respetaron su elección, convencidos de que daba igual el contenido de las páginas, la lectura trazaría unas conexiones neuronales visibles en la pantalla gracias al escáner de la cápsula. Para el niño sería como leer arrebujado en su cama, para ellos un experimento que daría resultados verificables y definitivos para la neurociencia.

Y el niño empezó a leer, las imágenes mentales salían proyectadas como hologramas, y en los ordenadores se dibujaba un mapa mental de circuitos y conexiones. El ritmo cardíaco era acompasado, así como la respiración.

El niño leía ajeno al exterior, tranquilo en su feto artificial, degustando palabras. De pronto, su pulso comenzó a acelerarse, su respiración se agitaba, el parpadeo de los ojos adquiría los movimientos de un tic nervioso.

Los científicos probaron a analizar los hologramas, pero era negro sobre negro. Se había hecho la oscuridad, salvo por las líneas del mapa neuronal, que formaban extrañas y nuevas bifurcaciones difíciles de precisar.

Quisieron sacar al niño de la cápsula, intentaron contactar con él. No podían verlo, pero por el ritmo cardíaco detectaron que este permanecía absorto en su lectura y sin peligro alguno; de tal manera que determinaron respetar el rumbo de las cosas, movidos por la curiosidad que infundía el experimento.

Entonces las paredes sensoriales de la cápsula avisaron de cierta humedad depositada en la cavidad inferior, eran gotas que caían acompasadamente al suelo, agua  salada proveniente de los lagrimares oculares del niño. Un holograma reflejó la imagen que había causado tal turbación en su mente. Era una cruz en la cima de una colina.

Rápidamente los científicos buscaron información desde las áreas de la literatura, pasando por la historia, la antropología y la religión. Confirmaron las sospechas, la imagen era un icono de la religión del cristianismo, desaparecida hacía 300 años, procedente de la Tierra, planeta de su especie que se habían visto obligados a abandonar a causa de los desastres naturales del cambio climático.

El libro que leía el niño era una Biblia con ilustraciones. No creyeron que pudiera despertar emociones. Pero ahí estaban, en su forma líquida.

Llevaban tiempo rastreando la esencia de las emociones, ahora que el mundo que los envolvía se regía solo por la razón. Querían entender lo que los hombres antiguos habían experimentado con tal intensidad que los había llevado a la autodestrucción. Habían descubierto que los libros antiguos contenían como radiografías el ADN de dicha información. Pero eran letra muerta que solo había adquirido vida en la lectura ingenua de ciertos lectores infantiles. Sin embargo, si bien habían podido analizar algunas emociones, nunca con la intensidad que les había mostrado este lector.

–¿Qué has leído?– preguntaron al niño una vez que estaba fuera de la cápsula.

–Le he leído a él– contestó el niño, señalando hacia arriba.

–¿A él?– volvieron a preguntar intrigados.

–Al que nos lee a todos– y como llevado por la más absoluta de las certezas, continuó. –Lo clavaron en una cruz para que no nos leyera, pero volvió a vivir. Y desde entonces nos lee y espera que lo leamos. Para encontrarnos y llevarnos a casa.

–¿Y por qué tus ojos lloraban?

–Porque entendí su soledad y porque quiero ir a casa.

“Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos” (Mateo 19:14).

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