FONDO BLANCO

Todavía me tiembla ligeramente la mano cuando escribo en un papel; a veces, si es más de una firma, me vienen sudores fríos de una infancia en un aula hecha de módulos donde la señorita Rosa gritaba mi nombre cada vez que me salía de los márgenes.

Mis recuerdos de primaria son blancos como la pared a la que me enviaba la señorita Rosa. La hoja, blanca también, se reía de mi letra deformada cuyas frases acababan naufragando en el margen derecho. De cara a la pared, fría como un iceberg, sentía que yo también me hundía ante la mirada severa de la señorita Rosa y las risas sin tregua de mis compañeros.

Afortunadamente, con el paso de los años, el ordenador se ha convertido en mi aliado y salirme de los márgenes no es un problema en un documento doc cuyo texto está justificado.

Pero esta mañana, el vagón de los ferros se transformó en blanco en cuanto levanté la vista de mi móvil. Allí, en la fila de enfrente había una anciana que bien podría parecer adorable si no fuera porque supe al instante que se trataba de la señorita Rosa. Su cabello, ahora blanco, mantenía los rizos gordos de antaño, rudimentarios, efecto de los rulos sujetos a la cofia con que tantas veces había imaginado dormir a mi maestra. La reconocí por el pelo, la nariz predominante de bruja y los ojos grises. La resucité con su gesto implacable y al instante las paredes decoradas de anuncios publicitarios se transformaron en blanco sepulcral. Y volví a ser el niño de nueve años que odiaba a la señorita Rosa.

Tras aquel destello cegador, intenté contener mi nerviosismo. Me percaté de que el ocupante de al lado me miraba de soslayo, probablemente porque yo miraba concentrado a aquella anciana. Me di cuenta de que mi actitud resultaba extraña, turbia; tenía que improvisar algo, dar coherencia a mi estupefacción. Y opté por disfrazarla de sorpresa y devoción.

–Señorita Rosa, ¿me reconoce?

–¿Cómo dice, joven?

–Es usted la señorita Rosa, ¿verdad?

–Sí, así me llaman, soy profesora jubilada. ¿Pero usted quién es? ¿Me conoce?

–Soy Jaime, alumno suyo en segundo y tercero de primaria. ¿No me recuerda?

–He tenido muchos alumnos, hijo, no puedo recordar a todos.

–Jaime Alcaraz.

–Alcaraz… Me suena el apellido, pero no logro ubicarlo…

–Promoción del 85, 86.

–Disculpe que no le recuerde. Pero está claro que usted sí me recuerda a mí. Es bonito que a una la recuerden después de tantos años. Es lo que permite esta profesión, ser recordada, aunque mi memoria esté ahora un poco en blanco.

Aquel adjetivo, blanco, removió mis tripas, al punto que estuve a punto de gritarle: “¡Claro que la recuerdo! ¡Me amargó usted la infancia con sus gritos, humillaciones y castigos! ¡Olvidarla me ha costado años de terapia, y aún no lo he conseguido, bruja!”.

Pero lo único que alcancé a decirle fue:

–Un placer volver a verla, señorita Rosa. Pero la próxima parada es la mía y debo bajar.

–Sí, claro. No se preocupe, joven, ha sido usted muy amable.

Me levanté del asiento y me así a la barra dando la espalda a la mujer. Pero cuando se abrió la puerta automática y estaba a punto de cruzar el umbral, oí a mis espaldas:

–Ah, sí, ahora lo recuerdo, Jaime Alcaraz; aquel niño taciturno y con una caligrafía deficiente, siempre saliéndose de los márgenes. ¿Dígame, Jaimito? ¿Ha conseguido domar su letra ininteligible y escribir recto?

Pude escuchar las risitas disimuladas de algunos viajeros mientras la puerta se cerraba a mis espaldas y el andén, lleno de transeúntes, se volvía blanco.

 

 

 


 



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