UN HORMIGUERO DE HUMANIDAD
La ciudad, rebosante de edificios, se arropa hacia la montaña buscando un resquicio de naturaleza dando la espalda al mar, a lo lejos. En medio, segmentos clasificados por clases sociales: al fondo, el laberinto del barrio gótico; después, las colmenas de l’Eixample que desembocan en la Avenida de Diagonal, barrera que separa la clase media obrera de la media alta. En la cúspide de la ciudad se alza el barrio de Sarrià-Sant Gervasi, con sus casas modernistas y sus edificios rasurados en un máximo de tres plantas protegidas por un atalaya, la figura del portero, que custodia los jardines y el patio interior de la zona residencial.
Pero esta Barcelona privilegiada se me antoja un nudo de cañerías, tuberías relucientes aunque enredadas y embozadas de habitantes a los que no les queda más remedio que aferrarse a un resquicio de tierra en la base de la montaña. Tibidabo las mira de reojo, receloso de que algún día le alcancen las clínicas privadas.
Un hormiguero de humanidad. Y las hormigas tienen cementerio. Atravesando una puerta y girando brevemente a la izquierda de lo que parece la entrada de una urbanización, aparece ante los ojos como un truco de magia. Nichos desangelados que indican que allí no cabe nadie más; tumbas decadentes de color bermellón, criptas con decoraciones góticas y siniestras estatuas. Un cementerio intimidado por indiscretos balcones, sin espacio para separar la vida de la muerte. El campo santo, como un pequeño islote en medio de un mar de cemento, se convierte en un decorado urbano por el que pasar en busca de un atajo que nos lleve a la Avenida de La Bonanova.
Lo que antaño constituía el camino que unía el pueblo de Sarrià con la capital, ahora es una carretera bordeada de edificios, sin signos de aquellos campos que en su tiempo se llamaron el desierto de Sarrià. Giramos a la izquierda y contemplamos la torre de la catedral. Por fin mis ojos tienen la sensación de contemplar vestigios del pasado: hileras de fachadas de colores modernistas y una plaza que debió de ser testigo de las idas y venidas de transeúntes enfundados en trajes de época. Giramos de nuevo a la izquierda, y la Rambleta de Sarrià nos invita a descender por su arteria peatonal. Boutiques, panaderías, restaurantes y librerías constituyen una explosión de los sentidos mientras deambulamos, y un cierto aire festivo con banderitas de colores colgadas de los balcones anuncia la proximidad de las fiestas de este barrio. Sin embargo, a pasar de los colores y del cielo de un azul eléctrico, no consigo zafarme del sentimiento de pesar que me acompaña. Es un pesar físico, el agobio de visualizarme en un hormiguero humano sin solución de continuidad, y que el encanto de este emblemático barrio no consigue mitigar. La montaña, ahora a mis espaldas pero aún próxima, me sigue recordando que me hallo en la periferia de una ciudad cuya densidad de población empuja a las hormigas lejos del mar.
