ROPA DE MUERTOS

 

 

La dependienta de una tienda de ropa de segunda mano desatiende a una clienta que está en el mostrador movida por la urgencia de interceptar a un hombre sospechoso con una abultada bolsa de plástico llena de ropa, el cual hace el amago de cruzar el pasillo y salir por la puerta.

 

–Perdone, ¿esto es una bolsa de ropa? –breve pausa de la dependienta; luego, al percatarse con la proximidad de que, en efecto, lo que contiene la bolsa es ropa, continúa con un tono más firme. –Tiene que enseñar la bolsa, caballero.

 

–No tengo que enseñar nada, es mi bolsa –responde ásperamente el hombre mientras continúa su camino hacia la puerta de salida.

 

–Pero tiene ropa dentro –puntualiza la dependienta barrando el paso.

 

–No, no tiene ropa –insiste el increpado. Ella señala la bolsa.

 

–¿Y esto qué es entonces?

 

–Esto no es ropa, tonta, más que tonta –a estas alturas el establecimiento entero guarda silencio a la espera de los acontecimientos, que se auguran desagradables.

 

–Sin insultar, caballero –la tensión en el aire se puede cortar con un cuchillo. El hombre, lejos de amilanarse, se muestra grosero y agresivo.

 

–Yo no insulto, idiota, que no tiene ojos en la cara.

 

–Y daaale con los insultos –buen giro dialéctico al usar ese tono condescendiente, como si le hablara a un niño, o un tonto de remate –, yo no le he faltado al respeto, así que no me lo falte usted a mí.

 

–¡Me ha llamado ladrón! –respuesta irritable: ha conseguido desestabilizarlo.

 

–Yo no le he llamado ladrón, le he dicho que me enseñe la bolsa –la dependienta parece avezada a este tipo de espectáculos a pesar de lo desagradable de la situación.

 

–Eso es lo mismo, idiota –y la palabra “idiota” atraviesa unos dientes apretados.

 

–No le consiento los insultos –. Breve pausa dramática– ¿Sabe qué? –De nuevo, pausa dramática –Váyase de aquí –el público, dentro de los vestuarios y fuera de ellos, aplaude en silencio.

 

–Tú a mí no me echas –“¡Ehhh, ehhh!”, pensamos todos…

 

–Claro que sí, este establecimiento se reserva el derecho de entrada. Así que váyase, le he dicho.

 

–No me voy, estúpida.

 

–Qué pesado con los insultos. Si no se va por sí mismo, llamaré a los “mossos”.

 

–Ya me voy… –la mención de la autoridad es un as que nunca falla. El hombre camina ahora hacia la puerta, pero se para. –Me voy porque quiero, que esta es una tienda de mierda. Aquí solo hay ropa de muerrrrrtos… –y esto último lo dice arrastrando la “r” com si con eso pudiera dejar marcas en el suelo– ¡De muerrrrtos, digo! –sí, lo dice, pero ya en la calle.

 

Con todo, la imagen que me ha generado es demasiado potente: en mi mente repaso imágenes de ataúdes abiertos donde yace gente muerta muy bien ataviada. Se me han quitado las ganas de comprar.

 

–Ala, adiós –termina la heroína de esta historia, cuya coreografía de cerramiento de puerta y despedida resulta perfecta.

 

–¡De muerrrrtos, ropa de muerrrrrtos, que no la quiere nadie! ¿Me oye? –última meada simbólica del hombre tras los cristales, tal cual haría un perro que marca su esquina. Por fin, este y su bolsa hacen mutis por el foro.

 

Mientras, en el interior se oyen resoplidos de alivio; ha habido mucha tensión. Hasta que la clienta del mostrador, que hacía tiempo había sido olvidada, hace su intervención:

 

–Madre mía, hacía un tufo a alcohol –, a la dependienta, que ha vuelto al mostrador para cobrarle– ¿no se ha fijado que estaba muy colorado?

 

–Sí, vaya momento más desagradable… –responde mientras registra, imperturbable, el código de la prenda de su interlocutora. –Son 15 € –es toda una profesional, lo admito.

 

–Y que lo diga… –contesta la otra abriendo su monedero.

 

 

 

 

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