TONI GARCIA
Selfie en el aeropuerto del Prat de un padre y un hijo a punto de embarcar en el avión hacia Sevilla. Si no fuera por ese gesto de la foto, nadie advertiría su parentesco. El padre, de 70 años, vestido con un pantalón de pana marrón, polo gris, bambas blancas y boina a juego con los pantalones; el hijo, estilo casual y sombra de barba en el rostro muy bien perfilada. Son Antonio y Toni Garcia (sin acento en la í en el DNI del segundo).
Toni mira mecánicamente el reloj después de la foto mientras su padre le sostiene la sonrisa. “Para el recuerdo”, había dicho Antonio. El hijo, de unos 40 años, había accedido, pero ahora se arrepiente, a saber a cuántos contactos enviará esta foto su padre… El viaje a Sevilla no significa mucho para Toni, pero sí para Antonio, es el regalo de cumpleaños que le ha hecho su mujer. “Para ti y para Toni, yo tengo que cuidar de las niñas (sus nietas), ya sabes que Marta no puede pedirse permiso en el trabajo y con este tiempo las niñas no salen de un catarro que pillan el siguiente”. Antonio no acostumbra a viajar sin su mujer, y menos aún a volar en avión. Pero confía en su hijo, que entiende de casi todo. Profesor de Bachillerato en un instituto público de Sant Cugat, premio de Innovación Pedagógica concedido por Generalitat. Toni tiene estudios, es buen chico y sabe de idiomas. Tuvo mala suerte con el divorcio y ha tenido que volver a casa, qué le vamos a hacer, pero es un chico excelente.
Toni no recuerda casi nada de Sevilla, salvo borrosas imágenes de un verano en la calle del pueblo de sus abuelos jugando a canicas con unos niños que pronunciaban todo con la “S”. “Di Zaragoza”, le decía al más ingenuo de ellos, y este repetía “Sagarosa”, mientras Toni se partía de risa. “Y tú di Madrid”, le devolvía otro del grupo más avispado. “Madrit”, decía Toni, y los otros se desternillaban por su afectada “t” final propia de un catalán. “Si decís Zaragoza con Z os doy todas las canicas”. Uno a uno caían en picado entre seseos, mientras Toni se agenciaba la bolsa entera de canicas. “He ganado”, se decía, “el catalán os ha ganado”.
Catalán en Sevilla, charnego en Hospitalet, Toni se crió desarraigado, forastero en ambos lados; hasta que entró en la Universitat Autònoma de Barcelona y encontró su identidad. La UAB en los 90 era una olla a presión: huelgas día sí y día también para construir un país de todos, para todos, sin distinciones. Y Toni estudió filosofía. Pronto destacó entre sus compañeros, que se pasaban el día en la cafetería, mientras él asistía a todas las clases. Los profesores se fijaron en él y se lo fueron sorteando como becario. Hasta que Toni se preparó oposiciones en la pública y dijo adiós a tanto peloteo. Se sacó la plaza con nota, directo a un instituto de Sant Cugat. De allí no se movió. Y allí conoció a Carme (su ex), compañera de trabajo y profesora de literatura catalana, formaban un tándem progresista e intelectual que encumbró a Toni a convertirse en Cap d’estudis. Lo siguiente, prefiere no recordarlo. Ahora Carme, desde que pidió el traslado, trabaja en otro centro.
Toni piensa en todo esto mientras cruza la puerta de embarque. Su padre, a su lado, lo mira con reverencia y sigue sus pasos con la maleta a rastras. Desde que volvió a casa hace tres meses, no ha dejado de seguirlo. Lo hace en silencio, por miedo a que sus torpes palabras puedan herirlo. Él no sabe expresarse tan bien como su hijo y podría meter la pata. Pero sabe que Toni está sufriendo desde el divorcio, que deambula por las noches en su antigua habitación y que llega tarde a casa porque tiene mucho trabajo y prefiere hacerlo en el instituto. Apenas coinciden, apenas se hablan, no quiere molestarlo. Su hijo hace cosas importantes, se dice. Pero ahora está aquí, conmigo, viajando hacia Sevilla.
Toni no lo mira hasta que, tras buscar los asientos asignados, ha cogido la maleta de mano de su padre y la ha subido en el estante de arriba. Luego se han sentado, en silencio. A Antonio le ha tocado ventanilla, a Toni pasillo. El Padre mira hacia afuera emocionado, el hijo mira al frente esperando las instrucciones de una azafata, que les dice que se abrochen los cinturones. Entonces Toni cierra los ojos. De nuevo, la imagen de un día soleado, un grupo de niños enfurruñado y el tintineo de una bolsa de canicas en el bolsillo de Toni García (que sabe que algún día se quitará el acento del hiato de su apellido, sin dejar rastro del otro acento con s de Sevilla).
