SAN JERÓNIMO EN SU ESTUDIO

 


Madrid, 5 de marzo de 2023

 

Visitar el Museo del Prado me ha causado una intensa turbación. Me cuesta verbalizar lo que supone para mí el hallazgo que hoy he hecho. La impotencia me invade cuando me hago consciente de que nadie entendería ni creería mis argumentos. Es por esto que he pedido papel y bolígrafo en recepción y me dispongo a escribir lo que sería un diario. Teniendo en cuenta que nunca he escrito uno, no sé si catalogarlo de diario de campo, diario de descubrimiento o diario personal. Sin embargo, me espanta llamarlo diario personal. Y aún me da más miedo considerarlo una carta dirigida a quien pueda leerme, como si de una carta póstuma se tratara. No, no es una carta, es un diario para ordenar mis ideas y no desbocarse en el intento.

 

Tengo que empezar por el principio.

 

Todo empezó cuando cumplí 7 años. Aquella madrugada me desperté en mi cuarto, bajé de la cama y salí por el pasillo. Quería ir al baño yo solo, sin despertar a mis padres. “Ya soy mayor”, me decía. Y así lo hice. Pero al regresar del cuarto de baño y empujar la puerta de mi habitación, de pronto ya no estaba en ella. Lo que debería ser mi cuarto era un bosque oscuro con abundantes árboles contraídos de forma extraña, cuyas copas tapaban lo que parecía un cielo nocturno con estrellas. Quise gritar pero no me salía la voz, me di la vuelta, pero la puerta se había cerrado y por más que girara y tirara del pomo, no podía abrirla.

 

Una suave brisa cruzó por mis pies descalzos, y decidí caminar hacia adelante. A cada paso, descubría que el camino parecía abrirse ante mí; era un camino largo, con los angulosos árboles custodiando mis movimientos. No recuerdo cuánto caminé, pero sí que el camino dejaba de ser recto y dibujaba curvas. En algún momento, me pareció que este ascendía, se me hacía más costoso caminar y empezaba a sudar. El contraste del sudor con la brisa provocó que empezara a tener frío. Decidí dar la media vuelta, pero entonces lo oí: el aullido de un animal en lo que parecía la cima de una colina. Aquello debió persuadirme para echarme a correr hacia atrás y regresar, pero por alguna razón que no entiendo, aquel aullido me atraía. Era el único sonido en aquella extraña noche, un sonido que parecía llamarme. Continué ascendiendo. Los árboles disminuyeron su cantidad y dimensión dando pie a escasos matorrales. Me hallaba cerca de la cima de la colina. Lo supe cuando estos desaparecieron y una extensa pradera se abrió ante mí. Mis pies desnudos empezaron a acariciar hierba en vez de tierra. Esto me permitía caminar más rápido, esto y que la inclinación había cesado. Ahora el cielo se me abría como un manto añil plagado de estrellas. No había luz, pero el brillo de las estrellas era tan intenso que me permitía distinguir el horizonte al fondo, dibujando colinas y paredes escarpadas. Y allí, recortada ante mis ojos apareció la silueta del animal. No había vuelto a escuchar su aullido, pero sabía que era él quien me había llamado. Me quedé quieto esperando que aquel ser viniera hasta mí. Enorme como un oso, pero esbelto como un ciervo, tenía cuernos y caminaba a dos patas. Se acercó lo suficiente para que distinguiera unos ojos amarillos, aunque no para saber qué tipo de animal era. Entonces abrió la boca, creí que iba a engullirme; pero pronunció mi nombre: “Guillermo, busca el portal”.

 

-¿Qué portal? -Pregunté yo sin voz. Y él leyó mis pensamientos.

-Algún día lo sabrás, y te estaré esperando detrás.

 

Debería haber tenido miedo, pero no estaba asustado. Entonces, aquel misterioso animal se abalanzó sobre mí y en ese mismo instante desperté en el suelo de mi habitación. Mis padres acudieron por el golpe y me encontraron tendido en el suelo. Creían que me había tropezado al volver del baño, pero yo sabía que no había pasado eso. Hablaban de apenas unos minutos entre que escucharon la cadena del wáter y el golpe en el suelo. Pero yo sabía que habían pasado horas, mi pijama estaba empapado de sudor. Y los rasguños en la planta de los pies de haber caminado descalzo por un sendero me confirmaron que no lo había soñado.

 

Durante años me obsesionó aquella “epifanía” de infancia. No encontraba otra manera de llamarlo. No había sido una pesadilla, yo había estado despierto y había regresado a mi habitación; mis padres me habían encontrado en la linde de la puerta. El sonambulismo tampoco era una explicación plausible, nunca ni antes ni después tuve episodios de sonambulismo.

 

Desde entonces, algunas noches sí he soñado con ese bosque, esa colina, pero nunca ha vuelto a mi inconsciente el aullido y la forma de aquel extraño animal. Lo busqué en enciclopedias, en libros de mitología e historia. Pero no he encontrado ninguno que se le parezca: ni el fauno, ni el sátiro ni el macho cabrío. Intuyo, no obstante, que ha de ser un animal más que primitivo, primigenio, más que pagano, perteneciente a un origen de los tiempos. Lo intuyo, pero no sé por qué.

  

Hace un mes, todo aquello regresó hasta mí con la misma fuerza de hace trece años. Ocurrió en la universidad, se me había hecho tarde preparando el trabajo de mitología celta en la biblioteca. Cuando salí del edificio, la bibliotecaria ya se disponía a cerrar con llave. Entonces recordé que me había dejado el móvil sobre la mesa. Le pedí suplicante que me dejara entrar un momento. “Está todo a oscuras”, replicó. “Da igual, conozco el camino, no será más que un minuto”. Me dejó entrar mientras ella se quedaba fuera. Me escabullí rápido en medio de la oscuridad, las luces de la ciudad se reflejaban en los cristales y me permitía ver el camino entre las mesas. Y entonces lo escuché, el aullido de aquel animal erguido, cuya figura me esperaba al final del largo pasillo. Me quedé paralizado; las estanterías y las mesas se retorcían como árboles y el parquet del suelo se transformaba en tierra. “Te dije que buscaras el portal”, oí desde el fondo de mi cerebro. “No sé encontrarlo”, balbuceé. “Ves al Museo del Prado”, me respondió. La vibración de mi móvil y la luz de su pantalla desvanecieron la aparición, lo que me hizo reaccionar de manera instintiva y cogerlo dos mesas más allá, justo donde me había estado esperando el animal, el cual ya no estaba. Regresé corriendo hacia la puerta de salida y la bibliotecaria me comentó: “¿Por qué decías que no sabías encontrarlo, si lo tienes en la mano? –me había escuchado responder al animal– Has tardado casi 5 minutos. La próxima vez, te aguantas”.

 

¡Cinco minutos!, a mí apenas me habían parecido unos segundos, pero había estado cinco minutos allá dentro. Recordé entonces que cuando mis padres me recogieron aquella noche de mi infancia apenas habían pasado unos minutos, pero a mí me habían parecido horas caminando de noche por ese bosque. Así que el tiempo se expande o se contrae en ese otro mundo. Porque ahora sé que sí existe ese otro mundo. No estoy loco, y por algún motivo ese lugar quiere que encuentre el portal. ¿El portal para acceder a él? ¿Poder yo decidir cuándo entrar? ¿A mi antojo? ¿Sin que me pille desprevenido?

 

Estas y otras preguntas me he ido haciendo este último mes y me han martilleado todo el trayecto en el AVE de Barcelona a Madrid. Hasta que he entrado en el Museo del Prado. Tenía preseleccionadas unas obras. Las pinturas negras de Goya, especialmente, entre ellas El Aquelarre o El gran cabrón, pero cuando la he visto, si bien es un cuadro inquietante, no he percibido nada anormal. Mi segunda opción ha sido El jardín de las delicias, del Bosco. A pesar de la majestuosidad del tríptico y de lo dantesco de las imágenes, aquel lugar no me ha sugerido esconder nada más que el falso paraíso que comentaba la voz del guía del auricular.

 

Cansado de ver faunos, sátiros, a Baco o Dionisio, entre otros seres mitológicos, me he sentado en un banco. En frente, en la sala 057A, dos cuadros casi idénticos de un tal Marinus, datados en el 1541,  aparecían ante mis ojos cansados. Eran prácticamente iguales, San Jerónimo en su estudio, se titulan, ambos del mismo pintor. Me estaba preguntando a salto de qué un pintor dibuja el mismo cuadro dos veces. Según explicaba la explicación del audio, era un procedimiento habitual. Así que me he quedado sentado y para matar el tiempo he jugado al juego de las siete diferencias: la misma Biblia, aunque con tonos de colores distintos en la imagen del juicio final, la misma calavera, el mismo Cristo, los manuscritos del erudito enrollados en el mismo sitio; la misma posición, la misma cara… No exactamente, podía percibirse un cambio en el ánimo de San Jerónimo en ambos cuadros, la cara algo más demacrada y los ojos y la boca más abiertos en el de la derecha. ¿Por qué? Y entonces lo he visto, justo detrás del santo: a la izquierda, una puerta casi cerrada que insinúa un pasillo sin más, mientras que, en el cuadro de la derecha, la puerta aparece abierta y oscura como la boca de un lobo. Lo he sentido en el tuétano de mis huesos, ahí estaba, delante de mis ojos: ¡el portal! No podía tocarlo, no podía fotografiarlo, pero allí estaba, invitándome a entrar. Y San Jerónimo lo sabía y me lo decía con la mirada.

 

No sé qué hacer con esta información. Pero sé que en el cuadro de este pintor flamenco llamado Marinus van Reymerswale, San Jerónimo me estaba mirando con la complicidad del que sabe que entiendo lo que me está diciendo: “Detrás de mí está el portal”. En un cuadro banal, pintados dos veces.

 

Escribo estas hojas deprisa y casi no me queda espacio. Mañana temprano compraré un cuaderno. Será un cuaderno de campo, ya lo he decidido. No sé hacia dónde me llevará este descubrimiento, ni cómo he de proceder ahora. Supongo que no me queda más remedio que esperar otra señal, otra manifestación.  Eso, y alargar mi estancia en Madrid. Debo volver al Prado y esperar allí. Dentro de dos días es mi cumpleaños, cumplo 20 años.

 


 



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