LA BRUJA


Llegamos por casualidad. Lo primero que advertimos fue el ruido de una multitud alegre, voces acompasadas como sinfonía de fondo. Al acercarnos, vimos los tenderetes de una feria de productos artesanales. Nos llamó la atención la vestimenta anacrónica de los comerciantes, vestidos de campesinos, herreros, lecheros, panaderos, carniceros, hombres y mujeres. En seguida nos llegó la sinfonía de los olores, el agrio de los quesos, el dulzor de la miel, la sutileza del anís; las pastillas de jabón invadieron mis fosas nasales, extendidas como un arco iris anticipaban sus aromas: la intensidad del amarillo limón, el rosa floral, el cremoso coco blanco, el picante romero, el frescor del espliego.

 

Me pilló por sorpresa la bofetada del olor penetrante de las cabras, los cochinillos y las gallinas. Nunca había visto una feria con animales. Pregunté a uno de los feriantes sobre el motivo de la feria. No era solo una exposición de productos artesanales, ni tampoco de ganado. Era una feria de brujas de Navarra. Hasta ahora no me había percatado de los amuletos de soles, lunas y gatos que se exponían o que colgaban en muchas de las casetas, ni en las cartas del tarot que algunas mujeres extendían sobre las mesas. Observé los pañuelos con lentejuelas que estas llevaban en la cabeza y que les daba un aire de zíngaras. Descubrí el olor a incienso de los quemadores y alguna bola de cristal deslumbró con el sol del mediodía mis ojos. Me convencí de que, en efecto, esta era una feria de brujas. ¡Qué pintoresco! Tuve la ocurrencia de echar en falta las escobas de cerda propias de las brujas y reía para mis adentros. 


Pero mi buen ánimo fue transmutado en cuando fui testigo del degollamiento en directo de un becerro. Con un seco deslizamiento de cuchillo, una mujer que llevaba una cofia en el cabello, a modo de campesina, desgarró la yugular del animal provocando un chorro de sangre que salpicó en el suelo varios metros. El olor a hierro se me quedó pegado en el paladar mucho antes de procesar el horror del que acababa de ser testigo. Aquello no era posible, me decía el raciocinio, debía de ser un truco del que pronto seríamos informados. Pero nada más lejos de la realidad, la sangre discurría por la acera y el olor ferroso se hacía más intenso. No salía de mi estupor. Giré a mi alrededor buscando una mirada cómplice, pero todos reían y celebraban el acontecimiento. Eran risas antinaturales, tanto la de los espectadores como la de los vendedores. Me sentí sola y aterrada. Pero mi miedo se acrecentó cuando vi que mi familia no estaba conmigo. ¿En qué momento se habían desvanecido? Corrí en todas direcciones, tropezando con unos y otros y gritando el nombre de los míos. Fue entonces que noté su mirada detrás de mi nuca, desde el otro lado de la vaya, se trataba de la mujer que había degollado al becerro, la cual me miraba con una sonrisa mellada y unos ojos siniestros que me decían: “No los vas a encontrar”. Su mirada de bruja penetró en lo más hondo de mi ser y quedé petrificada en medio del gentío, entre el rumor de voces acompasadas como sinfonía de fondo.



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